Charly Sinewan | Sáhara
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Sáhara

Sáhara

Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

En Madrid, en la oficina.

Sáhara: tierra que sólo sirve para ser cruzada.

 

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Por fin amaneció un impoluto cielo azul.

Fue lo primero que enfoqué a través de la ventana del hotel de Essaouira.  Sabedor del abundante desayuno que me esperaba, bajé ansioso a la cafetería ordenador en mano. Mientras engullía y bebía ajeno a protocolos, observaba por última vez la ruta en googlemaps. Distaban ochocientos kilómetros hasta El-Aaiún, donde pretendía acercarme al máximo. Tras el parón del día anterior, y a medida que avanzaba el viaje, el margen parecía estrecharse. El domingo a las ocho de la tarde debía estar en el aeropuerto de Dakar. Paquita, amiga y colaboradora en el proyecto con la asociación, y Salomé, mi novia, aterrizaban provenientes de Madrid. Según los últimos cálculos la cosa estaba bastante justa. Cualquier pequeño percance podía joder el bonito encuentro. Tocaban horas y días de moto.

La carretera desde Essaouira partía costeando unos kilómetros para poco a poco ir adentrándose en una pequeña cordillera, de intensos verdes y curvas cerradas. Aire fresco, excelente temperatura, y los molestos Alisios que bajaban de intensidad a medida que el trazado buscaba el interior.

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La BMW F800 GS suponía mi novena moto. Todas compradas de segunda mano. Bajo mi punto de vista una moto usada se convierte realmente en tuya el día que cambias el primer juego de neumáticos. En este caso no podía ser diferente. Los dos mil quinientos kilómetros hechos con las gomas anteriores, me habían ayudado a hacerme con los mandos, acostumbrarse a la postura, amoldar el trasero al asiento, o al revés, y conseguir hacer algo menos de ridículo al subir y bajar a una moto más alta de lo que mi elasticidad aconseja. Poco más.

A partir del día en que cambié las ruedas en Essaouira, la moto comenzó a convertirse en una prolongación de mis extremidades. Cada uno que piense y/o imagine lo que quiera. Comencé a tumbar y a divertirme, el trazado lo sugería, sin apenas tráfico, buen asfalto, y un maléfico duendecillo que cada curva, saliendo de cualquier arbusto, gritaba ironizando sobre lo recto que trazaba. Cada curva claro, tumbaba un poco más.

Así hasta que afortunadamente hicieron acto de presencia de nuevo las molestas rachas de viento y el trazado volvió a lanzarme contra la siempre espectacular costa atlántica. Volvió el turista y aparqué en una cuneta con bonitas vistas y supuesta ausencia de otras almas.

Pero cada rincón de Marruecos, por solitario que a priori parezca, nunca lo es tanto. De cualquier curva, montaña o piedra, aparecen niños sonrientes dispuestos a acompañarte y distraerte en el trámite fotográfico. Esta vez no fue diferente.

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Lástima que no estuviera en el colegio.

Tras un leve contacto con la costa atravesé fugazmente Agadir y continué mi camino por la N1, una carretera que se alejaba parcialmente de la costa pero que enfilaba al Sáhara con las mismas prisas que me habían entrado a mi.

Paralelo a la playa según el gps, pero sin certeza visual, llegué a Tiznit, una ciudad de algo más de trescientos mil habitantes y que empezaba a oler a Sáhara. Avenidas anchas, edificios bajos, colores rojizos, y viento arenoso que iba y venía dejando una casi invisible lámina en el ambiente. Desde allí, desviándose unos kilómetros en busca de la costa, se encontraba Sidi Ifni, colonia española hasta 1968. Diez años antes Marruecos había intentado asediar la ciudad y produjo lo que supuso la última guerra española, al menos reconocida. Porque lo que pasa en Afganistán lo llaman conflicto.

Silvestre me había hablado mucho de ese lugar, de esa guerra, de los héroes que cayeron sin que el nodo hablara de ello. Él también pasó por aquí en su viaje a Dakar y dedica un capítulo de su millón de piedras a relatar lo que aquí pasó. Así que yo me lo ahorro.

Me apetecía desviarme y dormir allí. Sin embargo el guionista me mandó un mensaje a través de uno dMuy lejose sus habituales carteles.

 Dos mil doscientos kilómetros hasta Senegal, con dos fronteras y un desierto por el camino. Sidi Ifni quedaba para otra ocasión, al igual que muchos otros lugares del Sáhara que después atravesaría fugaz. El viaje consistía en llegar el domingo a Dakar, y para eso no quedaba otra que avanzar lo más ligero posible.

Continué mi camino.


Los verdes de la mañana se empezaban a secar. El desierto saludaba en el horizonte y la carretera poco a poco se iba despoblando. Del vergel en el que había amanecido, a la hamada pedregosa en la que poco a poco se iban convirtiendo los laterales de la calzada. Afortunado aquel que viaja por carretera.

El transporte en avión ha conseguido que nos traslademos de la nieve al trópico, o del trópico al desierto, en cuestión de horas. Una cabezadita y el viaje puede convertirse en lo más cercano a una “teletransportación”.

Pero la realidad es otra bien distinta, en esos miles de kilómetros de ronquidos y azafatas, pasan infinidad de cosas. Esas que siempre te muestra la carretera. El paisaje se erosiona lentamente, las temperaturas suben o bajan paulatinamente, la humedad se pega al cuerpo, o se seca, y el aire, que siempre golpea la cara cuando el vehículo tiene dos ruedas, te atiza de muy diversas formas. Agradable frescor, jodida helada o bofetada de calor. Eso es el puñetero placer de viajar en moto, meterse dentro del paisaje y verlo cambiar, para gozo o sufrimiento.

Y si el día del que hablamos transcurre por el desierto, como fueron los siguientes, entonces tocan horas de carreteras infinitas, de soledad en el interior del casco, de paz, de paciencia sabiendo que todo llegará, y de confianza ciega en un camino que seguro termina en algún sitio poblado.

Los Postes

 Esta era la tercera vez que atravesaba un desierto. Al igual que las dos anteriores, me pareció que las horrendas torres metálicas del tendido eléctrico, artificialmente encaramadas a las infinitas llanuras en busca de urbes, llegaban a cobrar vida propia todas juntas, resultando incluso estéticas. Quizá demasiadas horas de sol sobre mi cabeza provocaban que empezara a delirar. O no.

La soledad del desierto también se veía muy de vez en cuando alterada por la presencia de un antiguo Mercedes 300 motor diesel, que desde muy lejos anunciaba su presencia gracias a una nube de humo negra que parecía perseguirlo constantemente.

-Algo habrá hecho-, pensaba yo.

Al rato largo solía aparecer otro igual, esta vez más antiguo. África es el desguace de Europa y estos geniales modelos alemanes continúan incansables haciendo de taxis por todo el continente. Los más modernos, los de los finales de los setenta, lo hacen en el norte. A medida que se avanza al sur la antigüedad de los trastos aumenta.

En África todo se arregla hasta que se desintegra.

La desertización del paisaje seguía su curso.

Los verdes de la mañana se habían ido secando pasando a marrones primero, y tendiendo a desaparecer con el paso de la tarde hasta convertirse en la Hamada o desierto pedregoso. Las grandes rocas que a primera hora hacían que la carretera subiera, bajara, o virara, poco a poco se habían ido desintegrando hasta convertirse en diminutas piedras. Pronto serían fina arena y se amontonarían convirtiéndose en dunas, lugar donde por fin podría hacer el ridículo hundiéndome con la moto, intentando emular a José María García. No me refiero al periodista deportivo de baja estatura y fácil enterramiento en una duna, hablo de un pedazo piloto y colega.

Al atardecer encontré tres moteros austriacos jubilados en una desolada gasolinera. Nos refrigeramos juntos, pedimos cafeína para todos y dos de ellos fumaron empedernidamente. Yo una vez más lo deseé y lo evité. Puñetero vicio. Venían de ruta por Marruecos combinando pista y asfalto. Hablaban poco inglés, lo justo para entender de dónde veníamos y a dónde nos dirigíamos. Mi destino les causó envidia. La forma en que ellos habían decidido sustituir los viajes del INSERSO, a mi me causó una profunda admiración. A veces me pregunto para qué coño he dejado de fumar, si yo de mayor quiero ser como estos tipos. África en moto, café cargado, y la mirada perdida en el infinito desierto entre calada y calada.

Nos deseamos mucha suerte y seguí mi camino en solitario.

Llegué a Tan Tan, ciudad que definitivamente anunciaba la inminente llegada del Sáhara.

FOTO 3 copia

En la gran avenida que da acceso a la ciudad, una mano uniformada se levantaba para darme el alto. Rápido apagué la cámara del casco.

– Buenas tardes (en francés)

– Buenas tardes, no hablo francés…

– Y qué habla?

– Español o inglés…

– ¿Qué es eso que lleva en el casco?

– Una cámara, pero ya la he apagado…

– No se preocupe, enciéndala si quiere…

Así lo hice. Demasiada cordialidad para lo que suele ser habitual. El sonriente funcionario me interrogó sobre mi procedencia, mi destino, y mi profesión. – Voy a Dakar- decía yo, – comercial, soy comercial- continuaba. Siempre lo mismo. Fue el primero de muchos cortes militares y policiales que vendrían después, pero quizá el más amable y el que más demostró su voluntad porque saliera de allí lo antes posible. Después hubo de todo, listos, tontos, muy listos,muy tontos, corruptos, simpáticos, bordes y chungos. Es el peaje que hay que pagar por atravesar el mundo en moto. El que aquí fuesen tan amables quizá fue por algo que supe después.

En Tan Tan se encuentra la mayor base militar de Estados Unidos en África. Desde allí a través de un cuerpo especial llamado Africom, combaten el terrorismo en este continente. Eligieron Marruecos para esta base por creer que éste era el país “más creíble” de la zona. Me imagino que los polis tiene órdenes para que el tráfico fluya rápido por allí  y a los conductores no les de tiempo de  fisgar.

Algunos mal penados, a los que les ha debido dar demasiado sol en la cabeza, piensan que la ubicación de esta base se debe más bien a la guerra fría que mantienen americanos y chinos por hacerse con las riquezas energéticas de este continente. Tan rico en recursos, como pobre en esperanza de vida. Desde Tan Tan casi se huele el fosfato del Sáhara, se controlan los varios gaseoductos que vienen del Sahel, el petróleo del golfo de Guinea y de Nigeria, el Coltán de Congo, y el tráfico de petroleros que llega a Europa proveniente de Oriente Medio a través del Cabo de Buena Esperanza. Por no hablar de esas absurdas teorías que dicen que el Sáhara y su costa, incluyendo la de Canarias, albergan enormes bolsas de petróleo.

Demasiado sol en la cabeza.

Sin molestar lo más mínimo al Imperio continué mi camino. De nuevo apareció en el horizonte el impresionante océano. La carretera giraba noventa grados antes de estamparse contra la delgada línea en la que el Sáhara se sumergía en el inmenso mar. Un perfecto y redondo globo dorado caía precipitadamente contra el oeste cegándome por unos instantes. Giré al sur y de nuevo surgió la sombra de un tipo feliz subido sobre una moto. Cada vez más grande. En la sombra y en la realidad, exteriormente seguía justito de estatura pero interiormente me estaba haciendo enorme. Seguir avanzando alimenta el ego del motero. Cada kilómetro un poco más.

Eloautia es el puerto Tan Tan, un pequeño pueblo costero al que ramalazos de turismo huyendo de la masificación llegan esporádicamente llenado sus varios alojamientos. Al parecer no en Mayo, la oferta hotelera parecía esperar en su totalidad al único viajero despistado que aparecía instantes antes de que tuvieran que encender el alumbrado.

Recorrí el pueblo pisando huevos y escogí el hotel Dubai, que me pareció tener mejor pinta. El recepcionista escuchó mi discurso pacientemente para salir después corriendo en busca de su jefe. Necesitaba autorización para aceptar la absurda oferta que un tipo de barba espesa y olor a carretera, proponía. Menos de la mitad del precio oficial de la tarifa por una habitación enorme con tres camas y vistas hasta casi la Gomera. Unos diez euros. Supuestamente decorada con cierto lujo en su momento, pero convertida en adorable decadencia con el paso de los años. Perfecto, la decadencia como propio estilo, debería ser tenida en cuenta.

Me duché rápido y salí de excursión en busca de algo con lo que saciar el hambre ansiosa. El dueño del hotel me vio salir y me invitó a entrar en el restaurante colindante. Debía ser suyo. Se trataba de un edificio de una planta acristalado en forma de óvalo. Entré y encontré que la totalidad del salón se había convertido en un escenario temporal, con varias filas de asientos repletas de marroquíes y saharauis acalorados, atentos al espectáculo que frente a las improvisadas butacas, proyectaba una maldita pantalla plana.

Se trataba de la semifinal de la Champion League. Aproximadamente un setenta por ciento de los asistentes se enajenaban con Messi, mientras el otro treinta lo hacía con Cristiano. Posiblemente sus mujeres aguardaban en casa pensando qué coño comer al día siguiente, pero ellos, al menos por noventa minutos, apenas apartaban la mirada de la dichosa caja que proyectaba en ese momento, y para todo el mundo, a varios millonarios luchando como héroes por conquistar un balón.

Mi llegada sacó a la multitud por un instante del Bernabéu. Un tipo de rasgos parecidos a los de la tele hacía presencia. Suficiente motivo para perderse el córner.

Hago ahora un inciso en el relato para recordar a los pacientes lectores que aún sigan por aquí, que uno de mis absurdos objetivos cuando viajo es, al igual que tantos históricos españoles, el de evangelizar almas perdidas. Siendo un reconocido ateo como soy, obviamente no me refiero al cristianismo ni a ninguna otra religión, sino más bien a lo que a continuación detallo.

Cogí aire, me recordé a mí mismo eso de que un buen fin siempre justifica los medios, y sin más preámbulos comenzó el bochornoso momento…

– ¡Aúpa Atletí!- grité enajenado.

Los pocos que aún no miraban se giraron bruscamente.

-¡Barsa!- fue lo siguiente que pronuncié, acompañado de una sonora pedorreta y un gesto despectivo. – ¡Madrid!-, con la misma pedorreta entonando los mismos gestos internacionalmente conocidos.

– ¡Kun Kun!, ¡Forlán Forlán!, ¡Atleti Atleti!-… pulgar arriba…

Unas risas más, una brocheta de pollo con arroz, un privilegiado asiento por ser blanco, y me quedé feliz viendo el partido con el resto.

No me enorgullezco de hacer el ridículo de tal forma, pero nadie dijo que iba a ser fácil intentar mostrar al mundo lo malo del bipartidismo, en el ámbito que sea.

Dos goles de Messi y a dormir.

Elouatia

Un sol radiante daba los buenos días. Intensa luz de desierto que rebota y se multiplica. Temperatura perfecta para viajar en moto. Desayuno penoso. Carretera y manta.

De nuevo algo de presencia militar a la salida del pueblo me hizo zumbar al estilo despiste, miro a la izquierda con la visera ahumada, pero acelero en la otra dirección. Así encaré por enésima vez la nacional I. Esta vez, y por muchos kilómetros, sin despegarse de una solitaria costa que recibe desde hace miles de años el continuo acecho de un cabreado océano.

Costa

Cientos de kilómetros de costa salvaje, viniendo de un país en el que lo único salvaje en las playas son los precios, hace valorar más el espectáculo de la ausencia de hormigón. Costear en moto es siempre un placer.

Pasé uno nuevo desvío, esta vez se trataba de Cabo Juby
, otro enclave histórico que lamentablemente también tenía que obviar. Allí vivió hasta los dieciséis años Alberto Vázquez Figueroa, escritor al que leo mucho. Su libro Arena y Viento, que recomiendo encarecidamente, te transporta al Sáhara como si de una película se tratase. Pero una muy buena. El escritor cuenta algunas de las muchas aventuras que pasó en aquellos años en los que en estas tierras se hablaba castellano. Casi siempre junto a Manolo, un gallego que llegó al Sáhara español como soldado raso, y terminó hablando las lenguas de las tribus y conociendo el desierto como ningún otro europeo. Caid Manolo lo llamaban.

Alberto Vázquez Figueroa cuenta una sorprendente historia sobre Manolo que no he podido dejar de relatar. Al parecer el coronel Bens, gobernador del Sáhara, sabedor de las buenas relaciones que Manolo tenía con el Caid Salah, le preguntó qué podía hacer España para mejorar las relaciones con las tribus que poblaban la colonia. Manolo le explicó que los nómadas anhelaban la ciudad santa de Esmara, perdida años atrás al ser enterrada por la arena, y donde solían mercadear. Demandaban pues un zoco. El teniente ordenó entonces a Manolo que construyera un lugar donde las tribus pudieran volver a comerciar.

Manolo partió con Mulay, Tuareg que era su fiel escudero, y con el hijo del Caid Salah, Mohamed, en busca del cauce una antiguo río donde esperaban encontrar agua. Así lo hicieron y allí construyeron un pozo. Manolo inventó entonces una norma. Todo aquel que pasara por allí, y quisiera agua para su ganado, a cambio tendría que traer una roca y regalar un día de trabajo en la construcción del zoco. En contraprestación Manolo aportaba el té y el azúcar, esencial para los descansos.

Unos años después, cuando el coronel volvió a inaugurar el zoco de El-Aaiún, gratamente sorprendido preguntó a Manolo.

– Bueno y… ¿Cuánto ha costado todo esto Manolo?

Manolo sacó un papel que entregó gustoso y que decía,  “en concepto de té y azúcar, 500 pesetas”.

Un gallego que fundó la capital del Sáhara por tres euros.

Unos ochenta años después, otro español entraba en El-Aaiún, portando un bidón vacío de gasolina que había costado los mismos tres euros , y que llegaba el momento de llenar, porque a partir de ese momento trescientos kilómetros de autonomía podían no ser suficiente si alguna gasolinera estuviera cerrada o vacía, ambas cosas bastante probables.

La entrada en El-Aaiún apestaba a militares. A simple vista la gente uniformada superaba a la civil. Oscuros trajes verdes que restaban luz a una ciudad que parecía querer desprender lo contrario. Busqué un lugar donde comer algo.  Mientras lo hacía recapitulé sobre qué necesitaba para poder seguir ruta sin necesidad de alojamiento. Pretendía dormir en el desierto. Lo soñaba más bien.

Llené el depósito y el bidón extra, compré fruta, más agua, pan, y un par de latas. Miré el reloj, calculé por enésima vez la distancia hasta la frontera con Mauritania, donde pretendía llegar al día siguiente, y salí zumbando de la capital del Sáhara dirección sur.

La salida de El-Aaiún fue espectacular. Un fuerte vendaval aliñaba la calzada de fina arena proveniente de dos columnas de dunas que emparedaban la carretera. Una larga recta que te llevaba de nuevo a la costa a través de una especie de tubo de arena. Una manada de camellos decidió cruzarse en mi camino.

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Salí del tubo de arena y regresé al desierto pedregoso.

De nuevo el mar, carretera paralela a la costa, vientos huracanados soplando como si fuese la última vez, y kilómetros infinitos de playa virgen que parecía no acabar nunca. Cada cierta distancia, en el margen derecho de la carretera, subía desde el suelo un gran tubo cilíndrico cerrado a cal y canto por una especie de escotilla de submarino.

Se trataba un gaseoducto que circulaba paralelo a la carretera, o quizá era la carretera la que circulaba paralela al gaseoducto. No sé.

El sol caía precipitadamente y un día más aparecía la sombra del tipo feliz. Tan rápida crecía la silueta como la preocupación. La inmensa mayoría de seres humanos que habitamos el mundo creo que somos buenos. Pero claro, una tienda de campaña color naranja, junto a una moto con forma de dólar, en una extensión de terreno tan plana como eterna, se hace visible y llamativa desde muy lejos si los focos de un coche plagado de malos alumbran la noche.

Necesitaba urgentemente un montículo que parecía no querer aparecer. El que inventó la palabra llanura había pasado por allí con toda seguridad.

El gps indicaba casi doscientos kilómetros hasta el siguiente núcleo urbano. Eso suponía conducir de noche más de dos horas o acampar con el riesgo de ser visto. El sol estaba a punto de perderse por las Américas y seguía sin aparecer una puñetera ondulación de terreno. Si no llegaba pronto no habría remedio, tendría que seguir conduciendo porque acampar con la noche cerrada tampoco parecía una gran idea.

De repente ocurrió el milagro. La carretera se separó ligeramente de la costa obligada por la sucesión de pequeñas ondulaciones o montículos, que debieron joder al ingeniero de caminos en su día, pero que a mí me salvaron la noche.

Sobrepasé unas huellas de jeep casi borradas a la derecha de la calzada. Frené bruscamente, giré ciento ochenta grados, volví al ralentí hasta el lugar donde me pareció ver el camino soñado, me cercioré que no venía nadie, y enfilé hacia el mar hundiendo las ruedas sobre una fina arena que al menos se dejaba transitar. Quinientos metros después me pude esconder tras un perfecto montículo. Tan cerca y tan lejos, nadie sabía que estaba allí, la sensación de absoluta soledad fue inmediata. Entre el montículo y el mar distaban escasos metros de largo y unos cuantos de alto. Pasaría la noche sobre un acantilado. El cielo pasaba de naranja a púrpura mientras me otorgaba una pequeña tregua para que acampara tranquilamente cerciorándome bien de sobre qué dormiría.

Atardecer

FOTO 4 Con la noche ya cerrada, y sentado sobre una de las maletas, cené un exquisito bocadillo de sardinas a la luz de miles de estrellas. Pensé en mis cosas, disfrute de la naturaleza como pocas veces, y si el puto viento huracanado me hubiera dado algo de tregua, habría dormido profundamente. Fue la única pega a una noche cuyo recuerdo me hace siempre anhelar estar viajando. Si algo describe la libertad, debe ser parecido  a esa noche.

Amanecí muy pronto. La arena, aliada con el viento, había conseguido entrar por las costuras de la tienda de campaña. Seguía soplando. La luz era de nuevo especialmente espectacular.

La foto captó la sombra de un tipo plenamente satisfecho, haciendo una foto.

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Quedaban unos cuatrocientos kilómetros a Mauritania, la carretera era recta y si no pasaba nada malo, parecía que llegaría con margen. El plan era cruzar la frontera antes de terminar el día y dormir en Nouadhibou, la primera ciudad en el país de recientes secuestros. Al día siguiente pensaba madrugar e intentar cruzar todo Mauritania en un día para evitar ser visto y reducir así el riesgo. Que aunque mínimo, siempre ronda la cabeza.

A media mañana la carretera volvió a sugerir un desvío. Se trataba de la península de Dajla, una lengua de arena que se separaba de tierra firme para dejar en medio una alargada bahía bañada por aguas sosegadas. Habría merecido la pena una parada, especialmente porque en aquel enclave estuvo ubicado hasta hace muy pocos años Villa Cisneros, el primer cuartel militar español en la zona. Databa de 1884, España compró entonces la Península a las tribu propietaria, por unas monedas de plata, y construyó la fortaleza desde la que empezaría posteriormente la colonización.

Hace cuatro años el gobierno marroquí ignoró el valor histórico del edificio más antiguo del Sáhara, y lo terminó demoliendo sin miramientos. Todo en su afán por borrar cualquier huella del pasado que demuestre que el Sáhara es de los saharauis y no suyo.

Leyendo y leyendo encontré un dato curioso sobre esta fortaleza.

Antoine de Saint-Exupéry, famoso escritor, prestaba servicio a finales de los años veinte como piloto de una línea aérea francesa. Una noche en la que sobrevolaba el Sáhara camino a Dakar, se perdió en el desierto. Cuando desesperado estaba a punto de quedarse sin gasolina, a lo lejos, divisó unas luces. Era Villa Cisneros, que además de ser un cuartel militar, tenía una pista de aterrizaje.

Posiblemente gracias a esa fortaleza tenemos “el principito”.

Cuando el gps indicaba que quedaban escasos kilómetros para la frontera, y estando paralelo a la costa pero a cierta distancia, la carretera viró noventa grados y se dirigió contra el agua. Lo que hasta ese momento había sido un alternar entre dunas, llanuras pedregosas y bosques de matojos, cambió para convertir la carretera en un sendero de asfalto que suspendido sobre arena blanca, atravesaba la playa más grande que nunca había visto. Fue espectacular cruzar una playa a través de una carretera. Una inmensa lengua de arena blanca que venía de mi izquierda, pasaba por debajo de la calzada y de mi rueda, y seguía uniforme hasta sumergirse en el océano. Algún que otro matojo salteado y poco más, cielo completamente azul, mar completamente azul, y varios invariables kilómetros. Monótonos y fascinantes.

Grité, me levanté de la moto, volví a gritar, miré atrás, no venía nadie, miré al frente, tampoco, grité otra vez…

Creo que me enajené. Estaba completamente solo en mitad de un inmenso lugar “flipante”.

A los pocos kilómetros, con el paisaje volviendo a lo pedregoso, y mi ego y yo volando juntos sobre el Sáhara, creyéndonos únicos e  invencibles, tuvo que pasar algo que jodió el momento repentinamente…

Continuará…

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18 Comments
  • marins
    Posted at 19:37h, 24 junio Responder

    Me encantó leerte de nuevo…imaginarte tan feliz y, como siempre, esa capacidad tuya de poner el «continuará» en el mejor momento…Que bueno Charly!!! Beso grande, amigo!

  • Fernando
    Posted at 20:30h, 24 junio Responder

    Muy muy buen relato, he disfrutado mucho y de alguna forma he podido viajar contigo, el continuará… me ha tocado las pelotas, pero hizo el efecto que seguramente querias, dejarnos en ascuas esperando tu proximo relato. Un abrazo grande Carlos, eres una inspiración para muchos.

    • Charly
      Posted at 21:02h, 24 junio Responder

      gracias Fernando, pronto te leeré yo…

  • javi
    Posted at 20:33h, 24 junio Responder

    Gracias por hacernos participes de tus aventuras, leer tus relatos es como ir viajando contigo

    • Charly
      Posted at 21:03h, 24 junio Responder

      me alegra que os diviertan, gracias…

  • 30mps - miguel
    Posted at 11:17h, 25 junio Responder

    Carlos, excelente relato, gracias por compartirlo con todos. Ya he visto que le has lavado la cara a la web y todo, está estupenda! Y menudo viaje, si me lo llegas a decir, igual no hubieras ido solo 🙂

    Qué tal se está portando la GS800? Estoy en una gran duda entre ella y un par más…

    un abrazo!

    • Charly
      Posted at 12:56h, 25 junio Responder

      salvo un pequeño problema que contaré en el próximo capítulo, muy bien. especialmente bien. no sé si bmw o triumph, pero el concepto 800 cc, cerca de 100 cv y algo menos de 200k, me parece el arma definitiva. al menos viajando uno. llámame cuando quieras y tomamos algo y te cuento más. abrazo Miguel, me alegra que estés por aquí de nuevo. abrazo

  • Miguel
    Posted at 12:31h, 25 junio Responder

    Hacía tiempo que no se te veía disfrutar tanto. No sé si ha sido el cambio de neumáticos. El cambio de paisajes. Esa noche increíble al raso….pero sigue haciendonos disfrutar así a los que, todavía, no podemos permitirnoslo. Pero llegará ese día. Ésto es algo que te llama de dentro. No se decide.

    • Charly
      Posted at 12:57h, 25 junio Responder

      sólo es proponérselo… ánimo con ello! un saludo

  • juanto
    Posted at 17:44h, 26 junio Responder

    Como siempre un gusto leerte y preciosa foto de la acampada en solitario .

    un abrazo

  • German
    Posted at 09:57h, 30 junio Responder

    Fantástico relato!!! Empiezo a leerlo en el trabajo y sin darme cuenta ya estoy sobrevolando la costa africana… el aterrizaje frente al ordenador es bastante duro. Mil felicidades y continua así!!!
    Para cuando un libro de tu ruta a Australia? Ya me estoy acabando un Millón de piedras… que por cierto excelente libro.

    • Charly
      Posted at 11:14h, 11 julio Responder

      intento lo del libro, pero es son cosas mayores. Millón de piedras es cojonudo, y el escritor también. Un abrazo

  • paratito
    Posted at 12:37h, 06 julio Responder

    Bueno, cruzar mauritania no es que sea lo mas seguro que puedas hacer pero en peores plazas has toreado no? como por ejemplo Pakistán.
    Aqui me quedo esperando el siguiente relato.

    • Charly
      Posted at 11:13h, 11 julio Responder

      Ahí tienes el siguiente. Mauritania… un abrazo

  • Juan
    Posted at 22:01h, 09 julio Responder

    Muy interesante el relato. Muy bonitas las fotos. Gracias por compartirlo. Aúpa Atleti!!!!

    • Charly
      Posted at 11:12h, 11 julio Responder

      gracias Juan, me alegro que te gustara. Aúpa sí!

  • José Liberto
    Posted at 21:31h, 14 marzo Responder

    will continue to, para cuando? me he quedado con las mieles…..

  • Vídeo: Into the Sáhara — El mundo en moto Sinewan
    Posted at 14:24h, 29 marzo Responder

    […] Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior […]

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