Charly Sinewan | De Dakar a Dindefelo.
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De Dakar a Dindefelo.

De Dakar a Dindefelo.

Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

 

PISTA

Llevaba cien kilómetros desde Dakar cuando empecé a sentir que me atizaba aire limpio en la cara. Los malos olores, los bocinazos, el tráfico suicida y la gran nube negra, parecían dejar paso al oxígeno.

Poco duró la alegría. Antes de verme inmerso definitivamente en la sabana, apareció Kaolack en el horizonte, decrépita y sucia ciudad como pocas.

Kaolack es una de las muchas ciudades africanas de tamaño medio, de edificios generalmente de dos plantas, agrietados y en interminable proceso de construcción, de constante humo en el ambiente, ensordecedor ruido, diversidad de olores  y rebosante suciedad. En esto último destaca particularmente Kaolack. El río Saloum, que a su posterior llegada al Atlántico forma un espectacular delta de igual nombre, cruza antes por esta ciudad sin apenas caudal, deteniéndose perezoso en sus aledaños hasta convertirse en un estanque que rodea parte de la urbe. Los residuos se acumulan indefinidamente y flotan alegremente como si de patos o cigüeñas se tratase. Pero sin la belleza de las aves porque son residuos, pura mierda.

Kaolack

La carretera atraviesa Kaolack y se convierte en su avenida principal. La calle está apestada a la africana, con multitudes de individuos que deambulan de un lado para otro sin aparente destino, entre montoneras de mierda que se resisten antes de terminar ahogadas en el río. Un lugar ideal para estar, pero lo menos posible.

La Gare Routier, o estación de autobuses y taxis, se encuentra ubicada en el epicentro de la arteria principal. Desde allí sale el transporte más económico a otros puntos del país. Allí se acumulan cientos de personas con una necesidad en común, la de querer ir a algún lugar.

Las necesidades básicas de los individuos son las mismas en cualquier lugar del mundo. El transporte es una de ellas, tanto un europeo, como un asiático o un africano, necesitan ir de un sitio a otro. La diferencia radica en cómo satisfacemos unos y otros la misma cosa.

Para alguien no acostumbrado, como fue mi caso la primera vez  hace ocho años, viajar por Senegal en transporte económico supone un viaje dentro del propio viaje. Algo difícil de olvidar.

Recuerdo que me adentré a través de una nube de polvo cargado con un pesado macuto. Buscaba un taxi a Ziguinchor, capital de la Casamance,  al sur de Senegal. A los pocos instantes ya estaba dándome codazos entre gentes que iban de un lado a otro. Una señora me arreó con un saco lleno de ropa que aguantaba con la mano izquierda. Con la derecha sujetaba el cuenco que llevaba sobre la cabeza, cargado de yo qué sé, pero a rebosar. Un fila de niños en cadena colgaban de su inmenso vestido multicolor mientras ella decidida se abría paso a trompicones en busca de su vehículo. La fuerza física de estas incansables mujeres africanas es infinita. Nunca paran, siempre avanzan, nunca decaen. Son como locomotoras diesel.

Aquella polvorienta explanada se había transformado en un particular “showroom” de urbanismo efímero. Nada moderno ni “cool”, más bien decadente y agobiante. Calles irregulares formadas a través de abollados taxis, extenuados después de décadas de servicio, casi moribundos. Los conductores debían andar por ahí, camuflados entre la multitud. Jóvenes buscavidas asaltaban a todo sospechoso de viajero, gritando todo tipo de destinos, intentando destacar sus tickets mano en alto. Algunos se interponían en mi camino y saltaban para que su billete alcanzara mi ángulo de visión. Más polvo. Entre tanto seguía avanzando renqueante, entre africanos rodeados de voluminosos equipajes. Al igual que yo buscaban cubrir la básica necesidad de transporte.

En estas estaciones se forma una pequeña economía alrededor de los viajantes. A los revendedores de tickets se unen mujeres que ofrecen todo tipo de alimentos, ideales para acompañar un largo viaje, algún varón que se acerca vendiendo todo tipo de productos y servicios, legales o ilegales,  curiosos que merodean y se distraen con lo que sea, rarezas blancas por ejemplo, y decenas de niños harapientos con sofisticados planes de marketing en busca de alguna moneda.

La presencia de un blanco suele subir la moral de todos ellos.

Entre tanto los conductores no arrancan. No lo harán hasta tener vendidas la totalidad de sus plazas disponibles. Los más pequeños suelen ser antiguos Peugeot 505 familiares de siete plazas más conductor. Los más grandes,  mini autobuses de veintitantas plazas. El proceso de llenado de pasajeros puede durar horas. Decenas de coches, durante horas, sobre una superficie de arena que mantiene una constante nube de polvo, cientos de pasajeros en busca de transporte, con sus voluminosos equipajes, buscavidas vociferando, vendedoras de comida serpenteando entre la multitud, cargando sobre sus cabezas todo tipo de productos, algún turista despistado, y decenas de aburridos personajes que un día más, amanecieron sin nada que hacer y fueron para ver si surgía algo. Una fusión de olores corporales bajo un plomizo sol africano.

El tiempo en África tiene otro valor. Esa teoría queda completamente demostrada el primer día que necesitas desplazarte a otra ciudad y apareces en uno de estos lugares con tus formas europeas. Como decía antes, los taxis y autobuses no arrancarán hasta tener vendidas todas y cada una de las plazas. Ese proceso puede llevar horas en las que los pasajeros permanecen sentados en sus asientos, sin apenas moverse.

Pagué mi billete y me acomodé lo mejor que pude. Los llamados siete plazas tienes tres filas. La primera, con el piloto y el afortunado copiloto, la intermedia, con tres apretujados pasajeros que a duras penas pueden estirar las piernas, y el potro de tortura o parte trasera, donde tres pasajeros embutidos han de llevar las piernas pegadas al abdomen, pues la altura del coche es menor.

Afortunado de mi tenía un lugar en la fila intermedia, junto a una ventanilla. Lástima que no bajara. La primera duda fue si podría aguantar diez horas apretujado contra el pasajero de al lado, un señor negro de anchas espaldas y dentadura desigual. Lo miré y me sonrió entre huecos, como casi siempre pasa. Le devolví la sonrisa y me incorporé a mis pensamientos. Una nueva duda vino a mí, cómo coño sería aquello cuando empezaran los socavones. Luego lo que me vino a la cabeza fue la mano derecha, intentando secar el sudor que emanaba libremente y sin control de mi frente. Me encontraba compartiendo un minúsculo cubículo, enlatado en una caja de metal desde hace años oxidada, con otras siete almas y a unos cuarenta y muchos grados en el exterior.

El cuerpo comenzó a chorrear sin control. El taxi no arrancaba. Me preocupé. Como buen blanco estresado comencé a mover la cabeza. Miré delante, luego detrás, mascullé entre dientes, y miré fijamente a mi pacífico compañero de viaje en busca de respuestas. Él tenía la mirada perdida. Ni se inmutaba. Él era africano. Esperaría sin rechistar hasta que llegase el séptimo pasajero y el taxi arrancase. Si es que podía, porque a la mayoría de los coches no les funciona el encendido, necesitan ser empujados.

El conductor, si como casi siempre no consigue arrancar el viejo motor, sacará el brazo por la ventanilla, agitando y aporreando la vieja lata francesa. Al mismo tiempo y sin pestañear, vociferará enérgicamente hasta que varios individuos aparezcan y empujen. Nadie, excepto el turista blanco primerizo, dará la menor importancia al asunto. Es así y punto.

Aquel viaje fue el más duro de toda mi vida. Apenas trescientos kilómetros en catorce horas. Tres diferentes taxis, un transbordador estropeado que atravesaba un río, casi cincuenta grados de temperatura ambiente, y la corrupta frontera de Gambia dos veces, al entrar y al salir. Insufrible momento que sin embargo me dejó un grato e imborrable recuerdo.Aquel día aprendí muchas cosas.

La principal, que para mí aquello fue una exótica experiencia. Para ellos, los locales,  el puto día a día.

Miré de reojo la estación entre nostalgia y alivio. Al frente parecía que la calle se despejaba unos metros. Aceleré y salí zumbando de Kaolack. Mi GPS indicaba un lejano punto en el que presuntamente podría dormir. La suerte de haber nacido cuatro mil kilómetros más al norte, me permitía saciar la necesidad de transporte con una moto cojonuda que me llevaría hasta ese lejano punto, presumiblemente antes del anochecer.

Mundos muy lejanos unidos por carreteras,  iguales para todos. Lo digo por el enorme socavón que me comí justo antes de ver Kaolack tachado en el retrovisor.

De nuevo un chorro de aire limpio me abofeteaba el careto. Miré a un lado, después al otro, y mientras de nuevo miraba al frente para no estamparme contra el suelo, los mofletes me inundaron el casco dibujando una apretujada y enorme sonrisa.Baobab

Circulaba alegremente por un digno asfalto, de una pequeña carretera que se abría hueco entre la gran sabana africana, árida casi todo el año pero fértil y verde en estos meses de lluvia. Una tierra intensamente roja se extendía hasta donde se perdía la vista,  enmoquetaba por una fina capa de luminosa hierba verde, que sólo se veía interrumpida por algunos inmensos y frondosos baobabs, desperdigados y solitarios.

La temperatura había bajado lo suficiente para agradecer la cordura del grueso traje motero. Casco abierto, cara al viento, y plena satisfacción por estar de nuevo haciendo lo que más me mola. Viajar en moto lejos.

Pero algo no cuadraba. Si los paisajes eran espectaculares y la temperatura era mejor, por qué la gente temía viajar en esta época del año.

LLuvia2El cielo llevaba rato gris. Por momentos parecía ceder y dejaba colarse algún rayo de luz que hacía que los verdes brillaran, pero no dejaba de estar gris. Bueno sí, poco a poco se fue convirtiendo en negro. Cada vez más. Al fondo y no muy lejos, una tormenta caía sobre el horizonte formando una opaca cortina negra. Se iba a romper el cielo.

Paré en la cuneta. Cerré todas las cremalleras del traje. Confirmé que las maletas estaban como tenían que estar. Miré al cielo. Una vez más no vi nada. Esta vez no fue falta de fe, es que estaba negro. Me conciencié de lo que iba a suceder. Me subí en la moto, arranqué, y supliqué encontrar al menos un chamizo en mitad de la nada que me cobijara del fenómeno natural en el que sin remedio me adentraba.

Mi traje era impermeable hasta un punto. Dentro de una lavadora no creo. Esto fue parecido y no aguantó. El agua tardó unos segundos en penetrar. Una tormenta africana supone el equivalente a cien tipos cabreados tirándote cubos de agua sin cesar. El agua viene de arriba, de abajo y de los lados. El agua termina encontrando una fisura por la que alcanzar su único y perverso objetivo, tus partes más intimas. Estoicamente aguanté y no grité. Bueno casi.

Llegó un punto en el que no se veía nada. La lluvia había formado un grueso tabique, traspasable a veinte kilómetros por hora pero absolutamente a ciegas. Nunca he entrado en un túnel de lavado para coches, en moto, pero debe ser parecido a esto. Camiones y coches esperaban en la cuneta a que bajara la intensidad. Yo necesitaba un tejado, así que a ciegas continuaba mi triste camino inmerso en una nocturna cascada.

Finalmente apareció una lúgubre aldea medio oculta en la oscuridad. Me recordaba a Venecia. Desde luego no por sus gondoleros. Tampoco por  su arquitectura barroca. Sus calles eran ríos de lodo que convergían en la carretera. Por ella avanzaba mansamente sin dejar de girar la cabeza a ambos lados, en busca de un cobijo.

A la derecha apareció la salvación. En el soportal de una chabola de adobe, a escasos metros de la calzada, se refugiaba una pequeña multitud de aldeanos. Salí por el barrizal intermedio hasta entrar montando el espectáculo por uno de los laterales del tejadillo, moto incluida.

A ojos de los allí presentes, supongo, llegó un canelo con una moto enorme, chorreando en plena tormenta. Un extraño tipo vestido con un traje negro cuyo grosor carecía de sentido en aquella tierra de calor sofocante. Quizá para algunos un ser misterioso escondido tras un casco negro que ocultaba su facha. Posiblemente un simple freak, que se bajó de la moto, se acercó prudentemente hacía ellos, y accionó un mecanismo que abrió la parte frontal del casco, mostrando al expectante público un sonriente semblante pálido.

– ¿Quién coño es este tío? -, debieron pensar las tranquilas gentes de aquella pequeña aldea, sin apenas tendido eléctrico ni canalización de agua.

Sonrieron nerviosos. Dos de ellos, hombre viejos, se acercaron tímidamente. Cuando no hay libros ni google, la sabiduría de los ancianos se convierte en fuente de admiración y respeto. Ellos fueron los primeros en entablar comunicación.

Comenzó así un difícil diálogo en francés. Más bien imposible. Yo no lo hablo y ellos apenas. La magia de la mímica y la buena predisposición a saber del otro, consiguieron que termináramos contándonos cosas. Muy básicas, pero suficientes para distraer a unos y otros mientras diluviaba al otro lado de un tejado de chamizo.

Aminoró levemente la tormenta. El pueblo allí refugiado, salió despavorido en busca de seguir con su vida normal. Donde fueres, haz lo que vieres.

Cuarenta kilómetros después, sin cesar de llover, en la total oscuridad, atravesé el río literal en el que se había convertido la calle principal de un pueblo de cierto tamaño. Tuve que elevar los pies porque el agua cubría las estriberas. Así, pies en alto, ridículo como pocas veces, llegué victorioso al único hotel del pueblo, un cutre alojamiento sin clientes que resultó como un resort de lujo para mis húmedos y sufridos huesos. Primer día de viaje superado.

A veces se hace duro, pero la sonrisa satisfecha después de una buena ducha, hace merecer hasta los malos momentos. Cené galletas y dormí profundamente bajo un chorro de aire acondicionado.

El día amaneció espléndido. El trópico te lleva a extremos opuestos en horas o incluso minutos. El desayuno era tan cutre como el hotel. Mastiqué y bebí rápido. Ansiaba estar de nuevo en carretera. Pretendía llegar a Dindefelo esa tarde, no había confirmado con Liliana pero ella sabía que podía llegar.

La ruta a Tambacounda fue un placer. Poco tráfico, árboles cada vez más frondosos queriendo invadir la calzada, y un cielo que aunque algo encapotado, parecía dar tregua después de la guerra del día anterior. Las ropas se secaron en minutos y todo volvió a la normalidad. El asfalto sin embargo fue empeorando.

Asfaltochungo

Paré unos minutos en Tambacounda, una ciudad algo más pequeña que Kaolack y donde bajaba algo la intensidad del caos. Compré un traje de agua color amarillo chillón por tres euros. Cambié de carretera y me dirigí al Parque Natural de Niokolo- Koba, atravesado literalmente por la calzada sin tener que salirse de la ruta a Kedougou, entre parajes ligeramente montañosos y los constantes rojos y verdes de todo el camino.

M1310004

Apenas había tráfico, la temperatura era perfecta, el entorno idílico, la moto funcionaba perfectamente, los angelitos cantaban y …

…una luz naranja y alarmante destelló violentamente en el cuadro de mandos. Se trataba de la reserva de la gasolina.

Cincuenta kilómetros después, todavía dentro de la zona protegida, paré a descansar.

Seguí mi agradable errar africano, preocupado pero sin dramatizar. La carretera desapareció kilómetros después para convertirse en una ancha y perfecta pista de intenso color rojo. Preparada para ser asfaltada.

Eh-

Paré en un pueblo atravesado por la pista y pregunté por la siguiente gasolinera. Después de un rápido cálculo terminé comprando un par de litros a un reventa de gasolina. En África como en Asía, existen estos pequeños comerciantes oportunistas en muchos pueblos sin gasolinera. El precio aumenta proporcionalmente dependiendo de la distancia a la que se encuentre el próximo surtidor.

Llegué a Kedougou sobre las cinco de la tarde. Reposté primero y descansé después mientras charlaba con un adolecente que se ofrecía como guía. Hablaba castellano. Le pregunté por la pista que llevaba a Dindefelo y perfectamente me indicó el camino. Sin perder tiempo continué siguiendo sus indicaciones. El gps dejó de marcar y las gentes se encargaron de sustituir al aparato tecnológico de reciente invención.

De nuevo la necesidad era la misma. Todos necesitamos saber llegar. Unos lo averiguamos preguntando a un satélite, y otros, la gran mayoría, preguntando a cualquier señor de la zona. La falta de cartografía me hizo cambiar de bando.

Los siguientes treinta kilómetros discurrieron sobre tierra roja. Tuve que pilotar levantado sobre la moto durante largos ratos. A veces a través de trozos bacheados, otras sobre firmes y rápidas rectas de tierra dura, y otras muchas atravesando charcos y barrizales, con olor a campo y plena sensación de libertad. En las varias paradas me visitaron curiosos visitantes sorprendidos por mi presencia. Teñí de marrón parte de la moto y medio traje. Y sin duda rejuvenecí diez años. Cruzar charcos es algo que a los niños nos mola.

charco

Un par de horas después llegaba a Dindefelo. Con ayuda de los primeros y perplejos habitantes que encontré, hallé sin problema la casa de Liliana. Una chica blanca que estudia chimpancés desde hace tres años, en un pueblo al sur de Senegal, no pasa desapercibida.

La familia con la que vive me acogió gustosamente, me prepararon una modesta habitación, cenamos bocadillos y nos fuimos a dormir muy pronto. A las siete de la mañana emprenderíamos camino a la montaña. Un pequeño pueblo llamado Afia era el destino. Allí necesitaban un pozo.

(Continuará)

Charly

 

 

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