Charly Sinewan | La boda masái
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La boda masái

La boda masái

Salimos de Nairobi una mañana fresca. Es una forma bonita de arrancar un relato, pero que sinceramente poco aporta. Lo lógico en un viaje en moto es salir por la mañana y, por otro lado, la capital de Kenia se encuentra a casi 1.700 metros, así que suele hacer fresco. En suajili Nairobi significa “lugar de aguas frescas”. Por algo será.

boda masái 7

Apenas conseguimos deshacernos del humo negro de Nairobi nos encontramos con el Valle del Rift, un espectacular cortado de más de mil metros por el que serpentea una carretera de asfalto roído y olor a catástrofe. Durante los próximos sesenta kilómetros la vida carece de valor. Viajar en moto y salir vivo de la carretera principal keniana, la que une Mombasa con Uganda pasando por Nairobi, solo depende de dos cosas: no perder la atención un solo segundo y tener suerte.

conductores suicidasMe pregunto si no tienen alma esos camioneros o conductores de turismo que viendo una moto venir en dirección contraria, arrancan igualmente su adelantamiento y ni se inmutan durante esos segundos en los que nos acercamos el uno al otro. La única opción para evitar la colisión y por tanto mi muerte segura, es que yo salte al arcén. Unas veces es un suave deslizar hacia la izquierda, pero otras, se trata de una maniobra complicada porque el arcén no es más que un pedazo de asfalto roto a diferente desnivel que la carretera. Circulando a cien kilómetros por hora en un vehículo de dos ruedas y sin carrocería, da cierto canguelo.

Entonces me pregunto qué carajo tienen en la cabeza esos tipos a los que no parece turbarles el hecho de que otra persona tenga que jugarse la vida a cambio de que ellos lleguen un rato antes donde quiera que vayan. Me pregunto si nunca tuvieron alma o si el asfalto, los motores turbo y las prisas por entregar la mercancía y cobrar, se la robaron. Nunca me quejo de las normas de otros países, por locas o surrealistas que a mi entender occidental parezcan, pero en Kenia es diferente. Muchos otros conductores de moto también lo hacen, protestan cuando tienen que saltar de la carretera para dejar paso a los más grandes. Aquí no es como en India, que todo pasa a 50 km/h y parece asumido y consentido. No, aquí es un abuso que pasa a 100 Km/h y se cobra muchas víctimas en moto cada año.

Mi amigo Topo circula primero, de él os hablaba en el relato anterior. Mientras sorteamos la muerte, la carretera desciende bruscamente de los montes a la sabana, al interior del Valle del Rift. Entramos en tierra masái. Por fin giramos noventa grados y salimos de la barbarie para incorporamos a una carretera algo menor donde vuelve la tranquilidad. Nos dirigimos a Narok. De allí sale la caravana de la boda masái a la que vamos.

Tengo algo de expectación por el evento. En la familia del novio hay íntimos amigos de Topo, que lleva aquí 30 años. Los únicos mzungus (blancos) de la boda somos Topo, su amigo Jairo (que va en coche) y yo. Si acudir a una boda en España me suele dar pereza, hacerlo en África y a la de una familia masái, todo lo contrario. Espero ver algo diferente.

No sé qué esperabais vosotros al leer el título de este post, no sé si lo mismo que yo. La globalización corre muy deprisa y a pesar de estar en un pequeño pueblo, la familia que se casa es de clase media-alta. Y eso lo cambia todo.

boda massai

Blanco y rosa son los colores que destacan. Nada de rojos y azules masáis, los tonos son más los de la habitación de una niña mimada en Beverly Hills que los de un guerrero africano. Dos grandes carpas rectangulares con cientos de sillas de plástico, una frente a la otra, dan cobijo a los asistentes. Esto, como no podía ser de otra forma, va por clases. Mi color de piel me permite sentarme donde quiera e incluso, sin pasarme, hacer lo que me venga en gana. Nadie me va a tomar en cuenta, soy un blanco, un tipo raro que se comporta diferente. Mi piel eclipsa la capa de mierda que tiñe uno de los dos únicos pantalones que caben en mi maleta. El arco

Me siento en la carpa con la gente más sencilla, en la que se mezclan las dos Áfricas, la clase media urbana y la gente del campo, anclada en otro siglo. Entre las dos carpas, en un pasillo rosa que termina en un arco, rosa, se produce el casamiento tras un soporífero ritual. Después vienen largos discursos de contenido político, a los africanos les encanta hablar y dar sermones. No entiendo una sola palabra, pero sé perfectamente que están diciendo lo mismo que los nuestros en el congreso: nada.

Pasamos de pantalla. Un animador vestido con ropa masái y zapatillas deportivas salta al escenario y consigue fácilmente que la gente baile. Qué pena que las danzas tribales no sean masáis y sí de la tribu del creador de Paquito el chocolatero.

Robar el alma masai

Intento hacer un primer plano de la mujer que tengo a mi izquierda y que representa esa África rural que mencionaba antes. Enfoco su piel curtida por el paso de los años en la dura sabana, sus abalorios masáis y su emoción ante el evento. Al instante de dar al gatillo se percata de mi cámara y se esconde bajo su pañuelo. Para los masáis, como para muchas otras tribus en África y América, las fotografías les roban el alma.

Mi fotografía revela que en el mismo momento de dar al gatillo, un joven masái vestido a la occidental robaba almas a discreción con su smartphone. Y si hubiese abierto el plano de mi foto nos encontraríamos con la realidad del evento: paridad entre pantalones de pinzas y mantas masáis.

Esto es África hoy. En las aldeas de casas de adobe y techo de paja, crecen modernas antenas de teléfono. Los niños masáis ya no tienen que pasar dieciséis días solos en el campo y matar un león con su lanza para convertirse en hombres. Entre otras cosas porque la fauna está protegida e irían a la cárcel. Sus padres tampoco matan con lanza a los leones que se comen a su vacas, directamente los envenenan. La carretera entre Mombasa y Nairobi se asfaltó para que los productos que llegaban por mar al mayor puerto del África del Este se pudieran trasladar rápido en camiones con turbo. Eso trajo las prisas y más accidentes de tráfico. Entre lo que llega a Mombasa proveniente de China están los smartphones, como el del joven masái que fotografiaba en la boda. Su novia probablemente no haya sido sometida a la ablación, mientras que la nieta de la señora que temía porque mi cámara le robara su alma, quizá sí. Los políticos dan extensos sermones con la potestad que les otorga el sistema tribal, todavía latente en la sociedad, pero también y mucho, con la que le dan nuestras multinacionales y gobiernos, que les compran sus recursos y firman «dudosos acuerdos» para que las mercancías entren por el puerto de Mombasa rápidamente.

África se desarrolla, pero hacia otro sitio. A veces tengo la sensación de que el término globalización tiene un marketing fabuloso y parece que el mundo evoluciona hacia una unidad perfecta. Cuando viajas y observas, lo mínimo que te surgen son dudas.

Lo único que sé es que si mañana me caigo con la moto delante de la anciana masái, el chico del smartphone, mi amigo Topo, cualquiera de los conductores de la carretera si están lejos del volante, el novio, la novia o el político que daba sermones en la boda, todos se agacharán para ver qué tal estoy y me tenderán una mano para ayudarme. Con eso me quedo.

El ser humano tiene buena esencia, pero ha diseñado un sistema regulero.

Gracias por acompañarme de boda.

Charly

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