Charly Sinewan | Hacia el final del asfalto
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Hacia el final del asfalto

Hacia el final del asfalto

Cuatro días en Libreville y ya estoy de nuevo en ruta. Me dirijo a Cape Town, pero no sé si llegaré a tiempo o tendré que buscar un lugar de emergencia donde dejar la moto. Tengo que cruzar Congo Brazzaville, Congo Kinshasa, Angola, Namibia y la costa oeste de Sudáfrica. Veremos qué tal se me da.

Ecuador

Llego a Lambarené sobre las cuatro de la tarde. La primera jornada ha sido corta, creo que menos de 300 km por asfalto. A media mañana volvía a cruzar el ecuador y entraba en el hemisferio sur, por lo tanto a partir de ahora cualquier líquido gira en el sentido contrario al evacuar por un desagüe. Ese ha sido el único cambio significativo, por decir algo. La selva tropical sigue siendo la misma, insultantemente frondosa, verde a rabiar, y en esta época del año menos luminosa porque un cielo nuboso y plomizo nos envuelve continuamente. Aunque llover no llueve, al menos eso dice la teoría. Las lluvias son al norte del ecuador, en Nigeria por ejemplo deben andar calados hasta los huesos, pero de aquí para abajo ni una gota de agua ni un rayo de sol. Malo para el éxito fotográfico del viaje pero especialmente agradable a la hora de ir disfrazado de motero. La temperatura no llega a los treinta grados. Además, mientras se mantenga sin llover evitaré morir abducido por el temible barro de estas tierras, una espesa masa como arcilla que inunda las pistas de Gabón y Congo cuando cae mucha agua. Los chicos de AfricAfondo lo llamaban Poto–Poto, y en su blog hay alguna foto más que ilustrativa de lo que significa adentrarte con un vehículo en semejante pasta viscosa. Al sur de Gabón se acaba el asfalto y es posible que no lo vuelva a ver hasta llegar a Angola.

Rio

El caso es que he llegado a esta ciudad partida en dos por las perezosas aguas del rio Ogouge. Hasta aquí llegaban los derechos de extorsión del Imperio Español, desde la desembocadura del Niger hasta la de este río. Se acordó así con Portugal en el Tratado del Pardo en 1778. Luego vino la descolonización americana y España no pudo atender tan nobles razones y vio reducida su zona influencia por franceses y alemanes a tan sólo la actual Guinea Ecuatorial. Originalmente parece ser que también nos correspondía del botín africano el sur de Nigeria, todo Camerún y el norte de Gabón. Supongo que a nuestra economía eso le debió afectar, pero ahora a mí me beneficia. La policía y la gente creo que me tratan mejor cuando digo que soy español y no inglés o francés. Eso también es riqueza.

Como buen patriota me quedo en el lado español y sigo las indicaciones del GPS que me llevan a una misión católica donde supuestamente podré acampar a cambio de un pequeño donativo. Paro en la puerta, me quedó pensativo unos minutos, luego me cuento a mí mismo un rollo auto convincente, y termino por seguir hasta la siguiente marca que anuncia un hotel. Me voy a hartar de acampar en los próximos días.

Mala leche que se trata de un resort de lujo a orillas del río. Entro al impoluto parking, me bajo de la moto, y accedo al hotel de arquitectura colonial. El recepcionista no sabe dónde meterse al escuchar la ridícula oferta que un tipo raro y barbudo escupe por la boca mientras pone cara de ternero degollado. He debido llevar la interpretación a tal extremo, que una señora que observa la escena con ternura, y que ha terminado por ser la jefa, se ofrece a guiarme en su coche hasta otro hotel de presupuesto perroflauta. Pero los precios de Gabón son escandalosos si los comparas con el resto de esta zona de África. Veintisiete euros, negociados, por una cloaca compartida con una cucaracha.

En Libreville pasé tres noches de hotel a razón cincuenta euros, pero estaba especialmente limpio y cómodo. Mis cuentas salieron algo mejor paradas tras recibir setenta y cinco euros con los que no contaba. Todo viene del domingo pasado por la mañana, momento en el que sin haber dormido un carajo, tras una larga noche preparando el meticuloso y otra vez excesivo equipaje, depositaba un enorme petate en la cinta de facturación de la T4. – ¿Se lo facturo directo a Libreville?-, preguntó la buena muchacha trabajadora de Iberia. –Sí claro -, contesté, y me quedé profundamente dormido en un vuelo que hacía una escala de seis horas en Casablanca.

Un vuelo de Casablanca a Libreville a finales de Julio supone encontrarte principalmente con africanos afincados en Europa que vuelven a casa por Ramadán. La estricta norma de aviación de no poder ir acompañado más que una maleta de tamaño reducido, teniendo todo un centro comercial después donde poder comprar bolsas y bolsas de bebida, tabaco, ropa o aparatos electrónicos, no es más que una tomadura de pelo. Los africanos vuelven a casa con euros frescos y arrasan en las tiendas de cualquier aeropuerto en el que se les haga hacer escala. El vuelo estaba a reventar y el equipaje de mano no cabía. Se formó un pitote de narices, enormes africanas que avanzaban por el pasillo del avión dando culetazos, buscando donde meter sus bolsas de ropa recién comprada, y mazados africanos que volvían del fondo buscando un pequeño rincón donde meter varias botellas de whisky compradas en el duty free.

Otra estúpida norma de aviación no te permite llevar un corta uñas en el equipaje de mano, siendo tratado como un terrorista si lo detecta la máquina, pero por el contrario sí está permito comprar una botella de whisky en sus tiendas sin impuestos, que bien partida por la mitad, con los cristales afilados como cuchillos, y catapultada con destreza por el bíceps del africano con el que me estaba dando codazos en ese momento para poder pasar, puede cargarse un azafato por segundo. Cosa que con un cortaúñas cuesta imaginar que pueda suceder.

En fin, que en un nuevo encontronazo antes de llegar a mi asiento, me vi en una cómica situación con una entrañable mujer africana, vestida tradicional, con cara y gesto de abuela de las buenas, pelo recogido y gafas de pasta graduadas. Nos miramos, sonreímos, y tras unos segundos de malabarismos, pudimos seguir nuestros presuntamente diferentes caminos. Como en una película de catástrofe aérea, en la que en los primeros minutos la cámara se fija en los que luego serán protagonistas, de todos los muchos africanos con los que tuve que lidiar para finalmente acceder a mi angosto habitáculo, mi plano se quedó en esa secuencia con esa mujer. Al llegar a Libreville las maletas parece ser que se habían quedado en Casablanca, así que nos mandaron a casa y nos emplazaron a la mañana de dos días después, suponiendo que llegarían la siguiente noche.

Alberto, un colega que conocí en el anterior viaje vino a buscarme y me alojó en su casa la primera noche. El Martes por la mañana volvía al aeropuerto. En la sala de extravíos dos muchachas acaloradas daban explicaciones a varios pasajeros. El primer encontronazo en la abarrotada sala, fue de nuevo con la señora de vestido tradicional. Ambos vestíamos igual que el primer día. Nos volvimos a mirar, sonreímos de nuevo, y la mujer me agarró con ternura de mi brazo mientras apenada me explicaba algo. Yo no entiendo ni papa de francés, pero dio absolutamente lo mismo, comprendí perfectamente lo que la buena mujer me contaba. Las maletas no habían llegado.

Mi amiga se marchó y yo esperé pacientemente a que las muchachas acaloradas tardaran una eternidad en poner una reclamación. Con el resguardo me mandaron a la Royal Marroc, donde me indemnizarían con cincuenta dólares para comprarme un cepillo de dientes y un pijama. Palabras textuales.

Las oficinas de la compañía se encuentran dentro de un hotel de lujo en primera línea de mar. Andando por los pasillos, unos metros antes de llegar, me encontré de nuevo con mi abuela adoptiva que salía de la Royal. De nuevo me cogió del brazo mientras con la otra mano me mostraba un pequeño fajo de billetes, indignada y apenada. Unos cincuenta dólares al cambio.

Media hora después, una muchacha de la ya más que citada compañía, me ofrecía cien dólares. Comencé un discurso bastante cansino en el que enumeraba los gastos que esto me estaba ocasionando, para terminar pidiendo cien dólares, pero al día. La muchacha telefoneó internamente a su jefe, colgó al instante, y me emplazó al día siguiente si no llegaba el equipaje, para hablar con el jefe superior, que no estaba en ese momento. IMG_1334

Me fui de allí un poco jodido, pensando en por qué a mi cien y a la buena mujer cincuenta. Sería simplemente por no protestar, o tendría algo que ver que yo soy blanco. Quizá era residente en Libreville y por eso el importe era menor, pero lo cierto es que vestía igual que el primer día. No sé, pero me jodió.

Así fue como el coste del Hotel Lotus en Libreville, regentado por una encantadora mujer china y su hija, se vio algo reducido. Si aquello me resultaba caro, ahora que intento explicar a una cucaracha que esta apestosa habitación es mía, mucho peor.

Dejo todo el equipaje de malas maneras por el suelo. Llevo demasiadas cosas pero no consigo deshacerme de nada. Me dirijo al sur y allí es invierno, así que traigo algo de ropa de abrigo y un saco de plumas. La tienda de campaña es mayor que otras veces, este tramo acamparé mucho y necesito estar cómodo. También llevo comida que otras veces apenas, me va a tocar cocinar muchos días. Si calentar latas se considera cocinar.

El tramo promete, sobre el papel creo que va a ser el más duro que he hecho nunca. Para evitar Brazzaville y Kinshasa, ciudades con algo de peligro, pretendo cruzar de Congo a Congo por unas pistas jodidas donde lo más parecido a un hotel es alguna que otra misión católica donde dejan acampar. En Camerún conocí un grupo de españoles que bajaban en cuatro por cuatro, me hice amigo del organizador, Jota, y me ha pasado los tracks. Voy a seguir sus pasos. Hace un par de días leí su diario de viaje y estoy algo expectante.

El mata mosquitos que he comprado esta mañana en Libreville no parece ser muy efectivo, he rociado la habitación y todavía alguno planea sobre la cama cuando salgo de la ducha. Sin embargo la cucaracha está patas arriba. En paz descanse, pero que quede claro que se lo advertí. Protejo todo lo de valor con la red metálica, la cando a la cama y me voy a cenar.

Esta ciudad tiene buen rollo. La avenida principal es el propio paso de la carretera. Los peatones circulamos por tierra roja que comienza donde termina el asfalto. A ambos lados discurren comercios en pequeñas casetas, uno detrás de otro. Una especie de ferretería con bidones y barreños por el suelo, luego una tienda de telefonía, otra de ropa con varios maniquís colgando de una estructura metálica, una peluquería, un ciber, varios garitos donde a estas horas los africanos no musulmanes toman cerveza sin cesar, y así infinidad dIMG_1338e pequeños negocios.

Estamos en Ramadán, supongo que por eso el Restaurante La Pletade está vacío. Como el resto de comercios es una caseta de un planta, con un pequeño soportal que hace de terraza. En el interior ocho mesas esperan equipadas la llegada de comensales. La camarera se extraña de que prefiera cenar en la terraza, con el ruido de los coches y gente y sin refrigerarme por el aire acondicionado. Me apetece ver vida, estoy viajando por África y aunque a veces ya me parece hasta normal, he de sentirme un privilegiado y empaparme cada instante. Luego en Madrid me acuerdo de estos momentos cada día.

Me gusta estar solo, no lo puedo evitar. Me siento en la mesa, me lio un cigarro y me quedo observando el deambular de unos y de otros. Es noche cerrada y la única iluminación existente es la luz que desprende el interior de los comercios, las farolas están apagadas, así que la calle es una medio penumbra. La gente al pasar me saluda mientras engullo a doble carrillo un filete de pollo con patatas.

Con el estómago lleno vuelvo de nuevo a mi mansión. El hotel es un edificio de tres plantas alicatado en gres blanco de suelo a techo. He pedido que me dieran una habitación en la planta baja para evitar cargar por las escaleras. Se accede desde un soportal abierto y me han dejado aparcar la moto en la puerta. Está espléndida, cuando fui a recogerla al garaje de Juan Pedro, amigo de Miquel Silvestre que generosamente la guardó estos tres meses, tenía una tela de araña enorme. Sólo eso. La medio limpié, conecté la batería, y arrancó a la primera. Ni una queja, como si la hubiese aparcado el día anterior. A los pocos kilómetros de salir esta mañana de Libreville, cuando el tráfico ha despejado y el asfalto ha mejorado, he vuelto a sentir que esta es la mejor moto que he probado nunca para viajar por África. Creo que estoy enamorado.

Instalo la mosquitera, leo un rato y caigo fundido en un profundo sueño.

Saliendo de Lambarené

Amanece algo despejado. Las nubes se alternan con claros. Equipo la moto y sobre las nueve salgo de nuevo dirección sur, sin tener muy claro hasta dónde llegaré. A partir de mañana puedo entrar en Congo si quiero.

IMG_1327Mientras llegaba el equipaje en Libreville me dediqué a las pequeñas tareas que me faltaban antes de abandonar la civilización. El visado de Congo Brazza era la más importante. En Madrid no hay embajada así que lo más sencillo era pedirlo aquí. Todavía no tenía la moto y fui en taxi. La verdad es que conocer una ciudad con su formas de transporte aporta datos interesantes. En Libreville por ejemplo se comparten. Alzas la mano, el tipo ralentiza el vehículo sin llegar a pararse, gritas tu destino, y dependiendo si está o no en la dirección del resto de pasajeros, se para si es que sí, o acelera sin contestarte si es que no.  Me dieron quince días para estar en Congo así que calculé que entraría mínimo el día tres. Cuarenta y cinco euros de visado y unos poco más por una foto que me hizo un artista.

Acciona1

La carretera hasta Mouila es perfecta, ya lo sabía, el ingeniero que la ha hecho es Alberto, el colega que me acogió la primera noche. Trabaja en Acciona, empresa española que opera desde hace muchos años en Gabón. Aquí como en la gran parte de África, empresas y países tienen una guerra abierta por llevarse el pastel de infraestructuras y recursos. Este país no sólo es rico en petróleo, también tiene entre otras cosas, madera, caucho, cacao y coltán. Indios y Chinos lideran destacados la carrera.

Casas de Madera2A ratos se despeja un poco el trópico, aparecen calvas en lo que hasta ahora había sido una espesa capa de vegetación por la que la carretera parecía un cortafuegos. La arquitectura rural en Gabón no es de adobe como en el resto de África recorrida hasta aquí. Las casas en su mayoría son de una planta rectangular de madera, y tejado a dos aguas de uralita. Me intriga saber por qué, si en Camerún con un clima casi similar son de adobe.

A las doce llego a Mouila con una preocupación. Antes de zambullirme en los Congos, donde creo que estaré aislado de cierta civilización durante días, necesito wifi. No me funciona el spot y sólo enganchándolo al ordenador puedo resolverlo. También quiero publicar este relato, no es que pierda el sueño si no lo hago,  pero me he acostumbrado a viajar escribiendo y se ha convertido en una pequeña obligación. Gustosa eso sí. Si no encuentro en esta ciudad mal rollo, ayer no había y a partir de ahora será un milagro.

Paro en un ciber y consigo entenderme con la muchacha, ella no tiene, pero por allí al fondo está el Hotel Duc La Bleu, que sí que tiene. Bingo. A las doce y media ya estoy de nuevo vestido de paisano, alojado como un marqués y terminando este relato.

Hotel du LAcbleu

Mañana comienza lo bueno, la frontera con Congo Brazzaville está a menos de doscientos kilómetros. Puede que cruce en el día pero eso supone no tener certeza de poder llegar hasta el siguiente waypoint , donde sé con seguridad que podré acampar en una misión católica, así que lo mismo me toca improvisar. Sea lo que sea, tardaré en contarlo, no creo que haya wifi en muchos días.

1 Comment
  • Nuria
    Posted at 12:59h, 07 agosto Responder

    Qué espectáculo de relato. Quiero más.

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