Charly Sinewan | Gabón, final de la tercera etapa
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Gabón, final de la tercera etapa

Gabón, final de la tercera etapa

Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

Un mes después de aterrizar en Accra, y tras cuatro mil kilómetros de carreteras a través del trópico, despego de Libreville. Han sido treinta días intensos a través de varios países africanos. La moto ha quedado en el garaje de un amigo de un amigo, hasta la próxima etapa. Si la crisis lo permite, será pronto…

logosinewan

Yaoundé es la capital de Camerún, una ciudad mediana ubicada en un valle rodeado de siete colinas de lomas verdes que sobrepasan los mil metros. No es la peor ciudad africana, ni  la más bulliciosa, ni la más caótica, ni siquiera parece peligrosa. Incluso de noche se puede pasear según por qué barrio, pero no deja de ser una ciudad y por tanto siempre hay que protegerse. Embajadas, diplomáticos y en general la mayoría de los blancos, nos agrupamos en el barrio de Bastos, al norte de la ciudad. Hace dos días que llegué aquí con la única tarea de conseguir lo antes posible un visado para Gabón. Veinticuatro horas después y con un agujero en mi cartera de setenta y cinco euros ordinarios, más quince de soborno, tenía la estampa en mi pasaporte. Odio viajar con prisas, tuve que untar a la funcionaria si no quería esperar de dos a cuatro días en una ciudad.

Yaounde

Amanezco en la cuarta planta sin ascensor del Hotel Le Diplomate, otro alojamiento más de nombre sugerente y pésimo servicio. Bajo el equipaje en varias tandas, cargo la moto, engraso la cadena, y tímidamente me despido del personal del hotel. Me han tratado como el culo. Estos urbanos tipejos y tipejas  parecen amargados y asqueados. Tengo la sensación que no les gusta el tono de mi piel. Al menos eso creo, me da respeto sentenciar algo así de rotundo, cuando quizá no tengo datos suficientes, pero la impresión es esa, el trato de la gente local al blanco es hostil, especialmente los que trabajan cara al público.Son casi las diez de la mañana cuando arranco la moto. Atravieso la ciudad de norte a sur a trompicones en busca de la Nacional III. Las maletas me impiden serpentear ligero entre coches y camiones así que me dedico a la contemplación. La ciudad es un tenderete continuo. Una verja metálica que rodea un edificio oficial se ha convertido en un expositor de camisetas, pantalones, faldas, calzoncillos, bragas y zapatillas. Cuelgan apretujados unos con otros tapizando la valla que semeja un tapiz multicolor. Los aledaños de la calzada están repletos de tableros con frutas, carne, pescado o lo que sea que alimente y sea comercializable. Los vendedores esperan pacientes que algún conductor o transeúnte pare unos segundos para hacerse con parte del género. Una mesa de plástico, un taburete y una aburrida señora protegida bajo una sombrilla serigrafiada con los colores y el logotipo de alguna de las compañías telefónicas, hacen un nuevo punto de venta para la compra de saldo. Hay millones de ellos, en cada rincón puedes comprar unos céntimos de carga para el móvil. Mujeres y niños culebrean entre el tráfico con todo tipo de productos sobre sus cabezas. Agua en bolsas, frutos secos, ambientadores para coche, perchas, linternas o cualquier otro objeto que se pueda imaginar. Todo aquello que pueda generar algo de demanda se pasea por las entrañas de cualquier ciudad africana. Todo envuelto en un lecho de polvo y humo negro, acompañado por un ensordecedor ruido de vehículos que se abren hueco a bocinazos. Esto es una ciudad africana, da igual el origen del blanco que la colonizó y el número de tribus o etnias que aquí hubiese antes, el urbanismo resultante es siempre similar. 


El calor es ya asfixiante a esas horas y atravieso la ciudad sin chaqueta evitando apestar desde tan temprano. Cuando el tráfico despeja paro junto a unos pequeños comercios de madera y compro plátanos. Ese es mi desayuno, unido a un triste café aguado que tomé en el hotel. Mientras mastico a doble carrillo observo por última vez el mapa y el CompeGPS.
Miro el cielo, que está azul, y decido jugármela en pos de disfrutar del camino. Lo seguro sería deshacer parte del camino y volver por una carretera de aburrido asfalto y atiborrada de tráfico e ilegales peajes, que aunque acostumbro a saltarme, no dejan de generarme estrés. Voy de pirata malote pero no lo soy tanto. Desde ayer miro con ojillos curiosos unas líneas amarillas que aparecen en el mapa y que atraviesan por zona rural hasta llegar a Kribi, mi destino de hoy. Así que me despedido de la dependienta, que no entiende mi manía de buscar una papelera o similar donde tirar las cáscaras, y enfilo ya abrigado y protegido la carretera de nuevo, despacio y alerta hasta encontrar una desviación a mi izquierda que me saque de la monotonía.       

Kilómetros después veo el desvío y me incorporo a una pequeña carretera de asfalto perfecto que serpentea entre montañas dirección sur. Me siento bien, he pasado un par de días oscuros en Yaoundé, donde la gente es agria con el blanco turista, pero ahora estoy de nuevo en ruta e inmerso en el campo, donde los sencillos lugareños vuelven a sonreír al verme pasar. Yo también a ellos, en Madrid seguro que no lo haría pero aquí me sale natural. Qué coño nos pasará en las ciudades que nos hace ser tan gilipollas.

Túnel Vegetal

Pronto acaba el asfalto y surge esa tierra roja que enmoqueta gran parte de África y que levanta un polvo rojizo que penetra por cualquier fisura. Los verdes cada vez son más intensos, la vegetación más exuberante y la hierba más alta y enmarañada. Todo crece desproporcionadamente en el trópico, los árboles enfilan esbeltos el cielo con trocos gruesos como columnas hasta encontrar aire despejado donde desplegarse como una sombrilla. El bambú también lo intenta,  pero su propio peso hace que sus tallos llegada cierta altura se tornen hasta encontrar de nuevo el suelo, formando un túnel natural por el que se hace camino la pista, entre luces y sombras. El firme es bueno y avanzo rápido, inmerso en un paraje de cuento y satisfecho de haber desobedecido a la razón. Por esto viajo solo y en moto, porque puedo hacer lo que me dé la real gana, voy donde quiero, o al menos donde puedo…

La pista se complica a mitad de la mañana. Comienza el ascenso de una pequeña cordillera que apenas veo inmerso en la espesa jungla. Pero el Compegps no miente y cada vez estoy a más altura. Aparece el barro y las subidas poco a poco se endurecen, la calzada se agrieta y se llena de surcos por donde el agua evacua en las frecuentes tormentas. Las Continental TKC 80 suelen agarrarse como un pulpo, pero lo cierto es que cada vez supone más esfuerzo conseguir que la moto vaya por el sitio. Una fuerte bajada termina en un pequeño valle de espeso barro, voy demasiado confiado, algo mangado más bien, de nuevo la rueda trasera se pira pero esta vez es demasiado denso el lodo y la rueda delantera se hunde hasta que la inercia hace que  la moto caiga. Yo salgo despedido y me empotro contra el barro, se me engancha un pie no sé muy bien dónde y las botas BMW me salvan de un pequeño disgusto. No tengo otro daño y la moto parece que tampoco. Me entra la risa floja, me dispongo a buscar la cámara pero aparecen unos chavales que han visto el talegazo y corren en mi ayuda. Levantamos la moto entre cuatro, la sacamos del surco, y medio hundido en el lodo me monto como puedo. Parezco una croqueta recién salida del pan rayado. Lástima no haber inmortalizado el momento, pero bastante numerito he montado como para además sacar la cámara.

coche cuneta

La pista mejora pasadas las tres de la tarde. He salido de la zona montañosa y vuelvo a ir rápido. Por momentos me he acojonado, apenas avanzaba y el cielo se tornaba gris desafiante. Una tormenta y de ahí no salgo de día. Ahora corro de nuevo, parece que los de ahí arriba me siguen dando tregua y el firme ha mejorado, así que sólo bajo el ritmo cuando atravieso pequeñas aldeas.

Siempre observo la arquitectura de los pueblos, especialmente cuando estoy lejos de la civilización. El hormigón y el enfoscado desaparecen y surge el adobe y las formas tradicionales, algo mejoradas, pero heredadas de antes de las colonias. Si en la sabana las cabañas eran pequeñas y circulares, aquí en esta parte del trópico son rectangulares y algo más grandes. Para conseguir solidez construyen primero una estructura de madera que terminan llenando de adobe apelmazado, resultando unos fuertes muros donde apoyar otra estructura de madera y cubrirla con un tejado a dos aguas. La solidez de los muros permite tener ventanas, cosa que las cabañas circulares de la sabana no tienen, además de poder apoyar un techo de uralita que aísle de las frecuentes y fuertes lluvias.

Casa adobe

A las cinco y media de la tarde, después de 250 km de pista y casi ocho horas sin lluvia, llego agotado a Kribi. De haber llovido me habría tocado acampar en la selva porque hoteles no había y un poco más de barro habría hecho imposible avanzar. De nuevo me ha sonreído la suerte.
Kribi es un pequeño pueblo fundado por los alemanes en la desembocadura del río Loebe. A ambos lados de ésta se extienden dos lenguas de arena blanca, ideal para turistas de diferentes colores de piel que alegran el paladar con la buena pesca que merodea por la costa, por unos pocos francos. Llego al atardecer, instantes antes de que el sol se funda con el Atlántico.

morro

Ya sin luz busco uno de esos cientos de puestos que venden saldo para móviles. Todos ellos además ofrecen un servicio de llamadas. Por cien céntimos de Cefas, el equivalente a quince céntimos de euro, por minuto, estos puestos callejeros te ofrecen un teléfono móvil andrajoso con el que  llamar a números nacionales. Llamo a Santi, amigo de una amiga que lleva un año largo trabando en un proyecto de ecoturismo en Kribi. Es un claro ejemplo de blanco que viene a trabajar al África Negra, al principio no da crédito de lo que es vivir sin comodidades, piensa que no va a aguantar, y sin embargo termina aclimatándose con toda naturalidad. En su casa, como en todas, la electricidad va y viene y el motor que bombea agua al depósito deja obviamente de funcionar. Nunca pensó, me imagino, que podría vivir con toda normalidad dándose paseos casi a diario hasta el pozo para acarrear agua con un cubo. Pero sí, lo hace y no por eso deja de estar feliz.

Todavía está trabajando, me dice,  así que quedamos en un restaurante en primera línea de playa donde se come básicamente pescado fresco, acompañado con patatas, plátano frito o arroz. Cuando aparece Santi ampliamos la mesa para ocho. Por la mañana se ha encontrado con un numeroso grupo de españoles que viajan en cuatro por cuatro y han quedado en acompañarnos en la cena.

El restaurante recuerda a un merendero, varias mesas de plástico y unas tres o cuatro mujeres que primero sacan de una nevera con hielos las piezas del día y las exponen sobre un plato. Elegimos las que queremos y Santi comienza una larga negociación que termina en el equivalente a cinco euros por persona, por un exquisito pescado recién salido del mar con su correspondiente guarnición.

Se escucha una marabunta que se acerca. Es fácil deducir qué pasa, es el grupo de españoles que llega liderado por Vicente, un viajero amante de las motos que muestra victorioso un salchichón ibérico en la mano. Primero para el héroe, dice alterado refiriéndose a mí. Es amante de los viajes en moto y especialmente seguidor de Miquel Silvestre. A mi lado se sienta Jota, el organizador del viaje. Completan el grupo dos chicas y otros cuatro varones, pero faltan otros ocho que andan a su aire.

Es habitual escuchar que los que viajamos solos estamos un poco de la chota. Yo discrepo claro, y lo que me parece un poco de locos es viajar catorce personas en cinco coches diferentes desde España a Sudáfrica, en cuatro meses de convivencia a través de un terreno duro y teniendo que enfrentarse a fronteras corruptas y continuos controles militares. Llevan dos meses viajando y el grupo ya está dividido. Aún les queda la parte quizá más dura, Congo y Angola, y las chispas que saltan posiblemente terminen incendiando lo que seguro todos pensaron sería el viaje de su vida. Todo por el miedo a no hacer el viaje en solitario o en pequeños grupos.

Jota

Con Jota, el organizador del viaje, congenio desde el primer instante. Vive en Zagora, en Marruecos, y está casado con una mujer saharaui. Acaban de ser padres pero aún no conoce a su hija, nació hace unos días y hasta dentro de dos meses que acabe el viaje no la conocerá. “Parte de este oficio”, me dice. Los viajes cuando dejan de ser por ocio ya no son tan divertidos, Jota es un ejemplo. Su blog es www.westransafrica.com

Por la mañana me encuentro con el grupo de viajeros que conocí en la embajada de Gabón. Coincidimos en  la gasolinera de Kribi y montamos un espectáculo digno del mejor de los circos. Un camión pintado de perroflauta, un Land Cruiser de los ochenta, un Land Rover pilotado por una muñeca de piel blanca, y dos motos llegadas del futuro. Todo a la vez, las tranquilas gentes de Kribi se ven sorprendidas por este grupo de extraños overlander que han encontrado un rápido nexo y parece que lleven toda la vida juntos. Ellos se están aprovisionando para pasar unos días en la playa. Me invitan a  acompañarles pero no me queda otra que declinar su invitación porque estoy en casa de Santi y he quedado además con Jota por la tarde. Igualmente quedo en pasar a verlos en cuanto encuentre un hueco porque es imposible negarse a la atracción hacia los semejantes. Me encanta conocer gente local que me muestre cómo es la vida en los lugares que visito, o expatriados que llevan tiempo viviendo en el terreno y tienen una interesante visión de esos mismos lugares, pero es inevitable sentirse atraído por los que como tú, un día decidieron enfrentarse a la carretera para recorrer lejanos lugares. Somos una comunidad, una panda de gente de una determinada pasta, y aunque unos son para siempre y otros para unos días u horas, siempre atrae pasar un rato juntos.

Por la noche cenamos en un restaurante para blancos con amigos de Santi que trabajan en un hospital financiado por la Agencia de Cooperación Española. Entre ellos está Verónica, una doctora alicantina que ha pasado un par de meses de voluntaria y que mañana vuelve para España. Le endiño el Carnet de Passage para que lo lleve a Madrid.

Mi vida social en Kribi aumenta la noche siguiente. Santi tiene una boda en Douala y se va por la mañana para volver al día siguiente. Cuando llego por la noche a su casa conozco a sus vecinos de enfrente. Todos viven en una pequeña urbanización compuesta por tres humildes construcciones de una planta distribuidas en ele. La cara sin construir es un paso para vehículos por el que accedo con la moto para dejarla a buen recaudo en el patio interior que se forma de la ele. Cada construcción alberga un par de apartamentos. A la izquierda entrando está el de Santi, y justo enfrente vive una peculiar pareja. Ella es camerunesa anglófona, de unos treinta y bastantes y él es Belga, de unos sesenta y tantos. Una pareja de conveniencia sobre el papel, un viudo europeo que ha encontrado una segunda juventud junto a una joven camerunesa, que a su vez ha encontrado la estabilidad económica junto a un militar de la ONU jubilado. Es ese tipo de relaciones que a priori causan rechazo.

Cada una de las casas está en alto, una pequeña terraza precede a una par de escalones que acceden al patio. En uno de ellos me siento, Caroline descansa en una  tumbona en la terraza y Jos en una silla. Son las ocho de la tarde. Comenzamos una larga conversación. Ambos son muy cultos, él ha vivido en varios países destinado por la ONU y ella es locutora de radio en paro. Conoce perfectamente la situación política mundial. A veces están de acuerdo pero otras chocan en su forma de ver África, especialmente cuando hablamos de los efectos de la colonización. Pero la trifulca siempre termina en carcajadas. Su complicidad empieza a perturbar mis prejuicios. Son amigos, buenos amigos, y aunque supongo que en algún ámbito de la pareja estarán descompensados, en muchos otros parece ser todo lo contrario. Hablamos de política, de religión, de la colonización, de la familia y de la diferencia entre las excolonias inglesas y las francesas. Caroline no soporta a los franceses. “En su forma de presentarse ya dicen mucho de como son realmente. Nuca se abrazan, se besan de lejos, marcan la distancia y siempre mantienen la barbilla alta, mostrando o queriendo mostrar superioridad”, dice. “A los africanos les adoctrinaron para que trabajaran para ellos, nunca les enseñaron. Por ponerte un ejemplo, nos robaron el caucho, lo mandaron a Francia, construyeron allí y después vendieron aquí sus propias gomas. Pero nunca se molestaron en enseñarnos a construirlas. Esa es una de las razones por las que el africano francófono se siente inferior al blanco, es la herencia francesa. Los ingleses nos saquearon primero, como el resto de europeos, pero después se preocuparon de colonizar a través del comercio, nos enseñaron a producir, por eso ahora a las colonias inglesas les va  mejor que a las francesas”, termina diciendo convencida y algo enajenada Caroline. Es una pregunta que hago frecuentemente porque me interesa el tema, pero no siempre encuentro una respuesta tan contundente.


Caroline y Joan viven con el hermano de ella. Es típico en África que las familias se agrupen y compartan lo que tienen. Son muy crueles con los que no son los suyos, pero tremendamente solidarios entre los más cercanos. Los núcleos que se forman, al menos en esta parte de África, forman una especie de comunas en las que cada miembro aporta una cuota mensual. A final de cada mes uno de ellos se lleva el bote. Los estatutos de la comuna obligan a que con ese dinero haga algo productivo. Por ejemplo comprar un animal, arreglar una casa o comenzar un pequeño negocio. Es una forma de fomentar el ahorro siendo todos partícipes de ello, no dejando solo al individuo que quizá no tenga la voluntad suficiente de hacer ese ejercicio. Entre ellos tres tienen una pequeña comuna, los dos hermanos vienen del norte y en Kribi no tienen a nadie. Jos ha dejado todo para venirse desde Bélgica, su mujer falleció y sus hijos nunca entendieron su nueva vida, así que dejaron de hablarle. En África es raro estar solo, la gente siempre tiende a agruparse en comunidades, así se sienten más protegidos ante las muchas  incertidumbres.

A las dos de la mañana miramos el reloj y nos percatamos que se nos ha ido de las manos la conversación. Me voy a la cama con una nueva lección aprendida.

Caroline

Los días en Kribi son fáciles y entretenidos. Siempre tengo alguien con quien pasar un rato, un pescado que comer y un lugar en el que dormir. Me quedaría aquí hasta que venciera el visado, pero el tiempo corre y ya debería estar volviendo. Por otro lado sigo con la incógnita de si necesitaré el Carnet de Passage en Gabón, que no sabré hasta que cruce la frontera, así que el martes por la mañana abandono Kribi.

Lugar sagrado

La ruta es de nuevo por pista de tierra roja y a través de parájes espectaculares. Doscientos kilómetros distan hasta Ebolowa, esta vez por buen firme. El día es bueno y el sol no deja de lucir toda la mañana. Reposto en la última ciudad camerunesa, paso los últimos controles militares y sobre las tres de la tarde, bajo un asfixiante calor, llego a Kyé-Ossi, la triple frontera entre Guinea, Camerún y Gabón. Por aquí me ordenó salir en funcionario camerunés a la entrada desde Nigeria. Me quedo parado unos instantes viendo el paso a Guinea Ecuatorial, la que fue nuestra única colonia en África. Varias filas de pinchos en el suelo, varias casetas de militares y un cierre a cal y canto. Las relaciones no deben ser muy buenas. Dos kilómetros después está el cruce con Gabón. No hay ninguna tensión, bromeo con los militares y cruzo la linde sin mayor problema.

Entro en aduanas de Gabón, el futuro de mi moto y mi fecha de vuelta dependen de un tipo gordo y antipático que apenas me mira a los ojos.

-       ¿Carnet de Passage?

-       No tengo

-       ¿Y qué tienes?

Me dan ganas de bromear, y salir por peteneras, pero viendo las malas pulgas que maneja mi único espectador, y lo importante de sus actos para mi futuro, decido sacar, no sé por qué, el papel que me dieron en Camerún, por el que pagué quince euros y que tiene un sello de entrada y otro de salida, pero de otro país. Papel mojado vaya…

Lo absurdo de la burocracia se alía con las pocas ganas de currar del funcionario que sigue sin mirarme. Mira de reojo el papel y sin mediar palabra le atiza un golpe seco con un sello, le da una rúbrica sin sentido y de nuevo sin mirarme me indica que me pire de su despacho, que quiere seguir sin hacer nada. No sé las consecuencias que tendrá esto a la salida, pero me acabo de ahorrar los gastos de envío del Carnet de Passage y varios días de espera en Gabón. Salgo zumbando de la frontera.

A los pocos kilómetros de circular por Gabón algo me hace sobresaltar. No puedo creer lo que veo. Llevaba rato mosqueado con la carretera, con sus lindes perfectamente señalizadas con pintura blanca y ahora de repente, majestuosa, aparece una señal azul sin desteñir, con una impoluta y blanca letra “P” indicando un desvío a una zona de descanso donde poder estacionar un vehículo.

¿Eh? -, parece que estoy de nuevo en casa,  pero no puede ser, los habitantes de esta región también son negros. Lo cierto es que desde que he llegado no he escuchado bullicio, los conductores no atizan enajenados el claxon, ni me han asaltado curiosos. La gente me mira extrañada como es habitual, pero lo hacen desde cierta distancia, sin invadirme ni agobiarme. Para colmo todo tiene un cierto orden, sin perder el sabor al África rural, pero con menos mierda y sin apenas ruido. Esto no es Suiza, está claro, pero tampoco parece Camerún.

Gabón es uno de los países africanos con mayor índice de desarrollo humano. Llevan con el mismo gobierno prácticamente desde su independencia, corrupto como todos, pero estable como pocos. En Libia pasaba igual antes de las bombas. Eso, unido al mucho petróleo que llevan años extrayendo, hace que cuando llegas desde el norte te parezca que entras en Suiza.

Garito en Gabón

Mis días de viaje terminan y el tiempo apremia. Tengo un trabajo, unos socios, una novia y unas cuantas obligaciones. Con esas prisas atravieso fugaz el norte de Gabón. Al día siguiente la jornada es de casi doce horas, a primera hora de la tarde atravieso el ecuador, dos veces, y justo antes del anochecer llego a Libreville. Los precios son escandalosos, una cloaca cuesta el equivalente a cuarenta y cinco euros.

Ecuador
Con este panorama amanezco el Jueves. Llamo a Juan Pedro, amigo de Miquel Silvestre (
www.miquelsilvestre.com) que se ha ofrecido generosamente a guardar mi moto unos meses. De nuevo el compadreo motero me permite seguir  este complejo viaje por etapas. Comemos juntos, veo su garaje, y calculando los quehaceres antes de partir decido comprar un billete para esa misma noche. Por la tarde lavo la moto y separo el equipaje, lo que se queda y lo que se viene. A las cinco de la mañana sale el avión, así que decido irme a las diez al aeropuerto y esperar allí para evitar andar con taxis a esas horas.

El viaje decide despedirme con la habitual generosidad que siempre me encuentro en el camino pero que nunca deja de sorprenderme. Alberto es el vecino de Juan Pedro, ambos viven en una torre de cierto lujo frente al mar. Es ingeniero y desde hace tres años trabaja en Acciona, constructora española que opera desde hace mucho en Gabón. Me invita a una coca cola en su casa para interesarse por el viaje. También es motero. Le cuento mi planazo de dormir en el aeropuerto, y sin mediar palabra llama al chofer de su empresa. Te quedas aquí, me dice al colgar, nuestro conductor  viene a las tres a recogerte, yo me voy a las diez a dormir pero tú te quedas aquí en el salón. Te puedes conectar al wifi y comer o beber lo que te de la gana. Estás en tu casa.

Casa Alberto

Así termino la tercera etapa de este complejo viaje en el que quiera o no, he de apoyarme en personas que me ayuden.Y como siempre la gente es acojonante, mi amigo Nico me guardó la moto en Dakar, Mounib lo hizo en Accra y ahora Juan Pedro lo ha hecho en Libreville, gracias a Miquel que hizo los honores. A última hora apareció Alberto y me quedé en su salón bebiendo coca cola y escribiendo la anterior crónica. Dieciséis horas después, sin dormir, llegué a Barajas. En los baños de la T4 me vi el careto y creí haber rejuvenecido unos cuantos años. A mi viajar me da la vida, literalmente. Las preocupaciones de la ruta son intensas y emocionantes, pero no me estresan ni me hacen perder horas de sueño. Ahora me enfrento al otro yo, al que vive en una ciudad que le va carcomiendo poco a poco. Circulando por Avenida de América en el asiento derecho del coche de mi padre, la realidad  me dio una tremenda colleja que aún me dura. Hace veinte días que llegué y hasta ahora no he podido escribir esta última crónica de la tercera etapa africana. Tampoco recuerdo bien qué he hecho estos días, han pasado volando.

Sin embargo los treinta días y cuatro mil kilómetros entre Accra y Libreville, a través de Ghana, Togo, Benin, Nigeria, Camerún y Gabón, los recuerdo perfectamente, han sido todos intensos y diferentes unos de otros. He vuelto a alargar un poco mi vida.

Próximo destino, Cape Town, con Angola, los Congos, Namibia y Sudáfrica por medio. Si la crisis lo permite será en verano.

Gracias por acompañarme.

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