Charly Sinewan | Chao Indonesia
1806
post-template-default,single,single-post,postid-1806,single-format-standard,ajax_fade,page_not_loaded,,qode_grid_1300,qode_popup_menu_push_text_top,footer_responsive_adv,qode-content-sidebar-responsive,qode-child-theme-ver-1.0.0,qode-theme-ver-17.2,qode-theme-bridge,qode_header_in_grid,wpb-js-composer js-comp-ver-5.6,vc_responsive

Chao Indonesia

Chao Indonesia

Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior

En Darwin, Australia, en un hostel de sábanas limpias, dormitorios comunitarios y precio de locos.

Yo parece que ya lo he conseguido, llevo un par de días en Australia y ya puedo decir eso de que he pisado los cinco continentes, además de unos cuantos Carrefour. Espero ahora que la pobre Black Pearl lo consiga y llegue pronto. Ahora estará supongo en un oscuro y sucio contenedor en las bodegas de un triste barco de carga y espero llegando a Darwin.

Después dos días más de espera para sacarla del puerto y si no hay más problemas estaremos atravesando el desierto en breve.

Pero todavía quedan dos capítulos más en Asia, el primero de ellos empieza cuando llegaba a Flores…

Llovía en Flores. No muy intenso pero suficientemente molesto para aguarme la búsqueda de alojamiento. Cuando lo encontré me sequé, me duché, me volví a secar y salí a explorar Labuhanbajo, pueblo portuario y punto de mayor turismo en Flores por su cercanía a la isla de Komodo y sus famosos dragones. Y parada obligada como no, de la influyente lonely planet.

Eso hacía que hubiera algo de turismo allí, restaurantes adaptados al paladar blanco y locales que hablaban inglés.

Con uno de ellos me quedé largo rato de charla, le conté mis penas, mis dudas y en especial mi preocupación principal. Desde dónde y cuándo salía el primer barco a Timor, último ferri antes de embarcar la moto y volar a Australia.

El hombre hizo una llamada y le informaron que el barco salía desde Almere el sábado por la mañana, sobre las once. Nada que ver con la buena  información que yo tenía, que salía los jueves.

Era lunes, así que el buen hombre dedicado al turismo y supongo esperando que necesitara un guía, me organizo mis días en Flores. Los dragones de Komodo primero, luego Bajawa, pueblo en la montaña con varias visitas a pueblos aborígenes, y por último Kelimutu y sus lagos volcánicos de  colores. Después me daba tiempo de sobra para volver a Almere y embarcarme en el ferri el sábado.

Y aunque seguro que los dragones de komodo  eran unos seres entrañables, únicos en el mundo, y posiblemente el buen hombre pensaba mucho más en mi desarrollo cultural que en sus honorarios como guía turístico, yo tenía una prioridad clara que era  cruzar a Timor lo antes posible. Y ni me terminaba de fiar del horario del barco ni me conformaba con sólo éste. Había dos puertos más, Ende y Larantuka, desde donde podían salir barcos, y visto lo visto la única forma de quedarme tranquilo era visitarlos uno por uno. Si después me sobraba tiempo pues ya vería dónde invertirlo, con los entrañables dragones, con los aborígenes o con los coloridos lagos de kelimutu.

Con esa idea salí el martes por la mañana de Labuhanbajo a mis horas, sin grandes madrugones y con la idea de llegar al menos hasta  Almere, primero de los puertos. Me esperaban las temidas carreteras de Flores y un mínimo de tres días para atravesarla. O eso me habían informado mis amigos en Bima,  acostumbrados supongo a viajar en viejos autobuses, y la pareja de irlandeses que viajaban cerveza en mano, cargados de equipaje, y en una pequeña moto local.

LOS IRLANDESES

Y como suele ser lo habitual  nada que ver con la realidad, Flores y sus carreteras son un regalo para el que viaja en buena moto, una continua montaña rusa que atraviesa la isla más montañosa y con mejores paisajes de las seis que hasta la fecha había atravesado. Y con un asfalto más que correcto en la mayoría de los setecientos kilómetros que distan Labuhanbajo, punto más occidental, con Larantuka, punto más oriental.

El angustioso calor de la mañana que me hizo dudar si usar la chaqueta desapareció en los primeros kilómetros. La carretera ascendió, las curvas se cerraron y la vegetación verde intensa cambió sus tonos tropicales por tonos más oscuros a medida que la altura era mayor y las laderas a ambos lados de la carretera se convertían en frondosos bosques. Luego cambiaban y se convertían en auténticas alfombras verdes.

Subió, bajó, volvió a subir y sin darme cuenta me vi dentro de un inmenso valle rodeado de montañas y sin apenas tráfico.

VALLE

Todo aderezado con el mono de moto que acarreaba de atrás y con que dejando a un lado los varios problemas del tren delantero, la moto se comportaba perfectamente. El nuevo amortiguador se notaba, botaba menos y se agarraba perfectamente. La temperatura era motera, la ropa no sobraba y el aire en la cara era fresco, mejor imposible.

El rugir de una moto más potente de lo habitual, como siempre ha sido en miles de kilómetros, alertaba a las gentes de que venía algo diferente, lo que como siempre provocaba que se giraran y casi en su totalidad exclamaran primero y me saludaran efusivamente después. Los niños hacían una especie de pasillo con sus manos adelantadas para que se las chocara mientras entonaban el “hello mister”.

Parecía una etapa del Tour de Francia, alentado por todos y cada uno de los lugareños a los que un ruido desconocido los sacaba por unos segundos de su rutina.

Me empezó a entrar la nostalgia anticipada, me quedaban unos cuantos kilómetros para salir de Asia pero desde ese momento empecé a despedirme de lo que durante muchos miles de kilómetros había sido mi acompañamiento. Localidades rurales en países poco desarrollados, gentes agradables y felices de verse sorprendidas por algo tan diferente, paradas rodeado de miradas incrédulas ante la moto y mi persona. Reacciones para todos los gustos, miradas a veces desconfiadas, o temerosas, o alegres, o tímidas, o extrovertidas, o indiferentes, o superiores, o inferiores, o de admiración, o de pena y misericordia. Ha habido de todo, momentos algunos antológicos en los que una cámara oculta, que invisible no hubiera roto la naturalidad del momento, habría dado muy buenos vídeos. Pero casi nunca los grabé, principalmente porque sacar la cámara los hubiera estropeado y casi siempre preferí vivirlo antes que inmortalizarlo.

Pe
ro un  par de días después y casi llegando a Larantuka paré para hacer una foto, beber agua y como no, fumar. Cuando el enfoque era el correcto apareció una moto que aparcó a mi lado. El piloto personaje bajó de ella y empezó una profunda inspección de mi moto mientras yo, con cara de circunstancia, esperaba en mitad del asfalto cámara en mano. Ni se movía el hombre ni entendía que su moto justo detrás de la mía estropeaba la foto.

Con un par de gestos básicos terminé por hacérselo entender, el hombre apartó la moto, yo hice la foto de cortesía, que tampoco valía mucho la verdad, y dejé la cámara grabando enfocando al otro lado de la carretera donde el hombre obediente se había tomado al pie de la letra mi insinuación de que estorbaba. Debió pensar que mi cámara manejaba el gran angular más grande del mundo y se escondió tras un árbol.

Y pasó esto, desde luego no es el mejor momento del viaje pero sirve de ejemplo y de recuerdo. Que me perdone Mercedes Milá pero salgo fumando.

.

Pero esto fue un par de día después, el martes llegué a Almere mucho antes de lo previsto, atravesé el pueblo y pensé que me había equivocado. Una localidad portuaria esperara que tuviera algo más que varias chabolas a ambos lado de la carretera. La mayoría pequeños comercios cerrados esperando para abrirse en los únicos días de gloria del pueblo que debían ser cuando salían los barcos. Mientras tanto aquello parecía un pueblo fantasma.

La policía me “confirmó” que salía el sábado y que después supuestamente iba a Ende, aunque no parecían estar muy seguros de nada.

Así que seguí mi errar por Flores para sobre las seis llegar a Ende, donde confirmé que el barco llegaba allí el sábado por la noche, recogía nuevos viajeros y salía el domingo.

Sólo quedaba Larantuka por averiguar, nadie sabía nada y lógicamente no daba tiempo de llegar. El sol se iba,   tenía que buscar hotel y no  quería dormir en Ende, lo que me llevó de nuevo a conducir de noche para llegar casi a las nueve a Moni, pueblo base para subir a  Kelimutu y sus lagos de colores.

Llevaba tiempo sin dormir tan bien, Moni estaba por encima de los mil metros y tuve que sacar gustosamente el saco después de mucho tiempo.

La mañana siguiente se despejaron todas las dudas, el hermano de la dueña del hotel me confirmó que la mejor manera de cruzar a Timor era desde Larantuka y que ese barco salía el viernes y era directo. Lo que suponía dos días de adelanto y además tener  que terminar de atravesar Flores, cosa que me seducía especialmente. Si esa información era mala, que podía ser, me seguía dando tiempo de volver sobre mis pasos e ir a Ende o Almere. Tema zanjado.

Me sobraba un día  así que me quedé una noche más allí, el día lo dediqué prácticamente al maravilloso arte de no hacer nada a excepción de charlar con los pocos que hablaban inglés, leer, escribir y de nuevo dormir especialmente bien.

A las cinco de la mañana del día siguiente y como ordenaba el manual del buen turista, había que subir unos quince kilómetros hasta un parking desde donde tras algo menos de media hora a píe se alcanzaba un mirador que asomaba sobre los tres lagos, cada uno de un color que se suponía iría cambiando el tono a medida que apareciera Lorenzo.

Un lugar increíble que inducía a la reflexión y meditación, calma total rodeado de montañas, cráteres volcánicos con  lagos y tonalidades que a medida que asomara el nuevo día irían cambiando. Un lugar que debía ser así de calmado casi todos los amaneceres del año.

Excepto algunos como precisamente ese puñetero día en el que casualmente el “inserso” danés había organizado la visita de veinte adorables jubilados, que después de una dura vida trabajando en ese país tan gélido habían por supuesto adquirido todo el derecho del mundo a viajar por países tropicales y decir cuantas tonterías se les viniera en gana, aunque fuera en inentendible perfecto danés, a voz en grito , y en el preciso momento en el que la naturaleza, el lugar, y el sentido común clamaban silencio.

Así que se estropeó un poco el momento, pero qué le vamos a hacer.

KELIMUTU

Después bajé de nuevo por la carretera que de madrugada me había subido, llegué al hotel, cargué la moto, desayuné, y me fui a Larantuka con la idea de dormir allí para la mañana siguiente embarcarme en el último ferri.

Y fue de nuevo un día espectacular y de nuevo nostálgico, especialmente los últimos kilómetros en que la carretera me llevó sin perder de vista el mar, atravesando minúsculas localidades rurales y en parte, aunque quedaba Timor, diciendo adiós a Indonesia y a lo exótico de un mundo tan diferente.

Así llegué a Larantuka para al día siguiente sobre las doce embarcarme en una chatarra oxidada que pretendía como cada semana cruzar durante once horas, o dieciséis, porque los datos eran confusos, parte del océano y dejarme en Kupang y en la conflictiva isla de Timor.

Aparqué la moto en las bodegas del barco entre otras pequeñas motos, camiones y gentes que igualmente estaban ahí aparcadas, vendiendo plátanos o simplemente medio durmiendo dos horas antes de que partiera el barco.

Subí la escalera y aparecí en una sala de unos trescientos asientos distribuidos en unas quince filas, con acolchonados asientos forrados con plástico marrón imitando cuero, pero que realmente parecían de ante, de “ante” de que los portugueses colonizaran estas tierras.

Atravesé el pasillo en busca de un lugar donde imitar a los que ya habían llegado y desparramarme  entre tres asientos para poder al menos intentar dormir. Al fondo había una puerta que cambiaba de sala, optimista la crucé, en este caso los asientos eran de plástico azul y aunque parecía imposible estaba aun más sucia. Avancé unos pasos ante la mirada penetrante de aproximadamente todos los que allí estaban. No les hizo falta abrir la boca para al
unísono y en rotundo e incómodo silencio gritarme…

– Blanquito que este no es tu sitio!!!

Con muchísima elegancia giré ciento ochenta grados y me volví por donde venía. El cartel que decía “ primera clase “ en la puerta por la que había cruzado confirmaba el mensaje silencioso que aquellos ojos tan sorprendidos y abiertos me habían querido decir. Después descubrí que la tercera clase viajaba en el garaje, entre camiones, coches, motos y plátanos.

TERCERA CLASE

Me ubiqué donde pude y al hacer un primer reconocimiento de la zona me sorprendió la imagen de una chica de piel blanca, sola, de cuerpo menudo, que no menudo cuerpo, y libro en mano. Me presenté y me fui a mi sitio de nuevo. Rápido el guionista, que está claro que no quiere líos, puso en escena a Sam, novio de Rebeca.

Y estoy casi seguro que fue el guionista el que los puso allí para rematar la faena. Después de haber demostrado durante todo el viaje que la mayoría de la gente, sea cual sea su religión, su color de piel, su cultura, o su impresentable gobierno, es buena, le faltaba una última demostración al respecto, al extremo más opuesto de los indonesios y musulmanes Duddy y compañía.

Sam tardó escasos segundos en acercarse donde yo estaba, unos pocos más en caerme muy bien, y unos minutos en contarme su curiosa vida que lo hacía muy especial.

Sus padres estadounidenses vinieron a Kupang  en los ochenta, a trabajar como misioneros protestantes. Desde entonces habían vivido aquí casi interrumpidamente, cada dos o tres años viajaban unos meses a Estados Unidos a renovar visados, vacunarse de lo necesario supongo y cuando Sam dijo que llegaba, dar a luz porque en aquella época aquí no era muy seguro.

Pero Sam se había criado aquí, había estudiado a distancia y hablaba exactamente igual de bien inglés que indonesio. Sin acento alguno, lo que provocaba siempre la sorpresa y alegría de los locales. Y según Rebeca la de las locales que se deshacían al escucharle.

Al rato de zarpar ya estábamos todos juntos, Sam me preguntó dónde pensaba alojarme porque llegaríamos sobre las cuatro de la mañana. Cuando escuchó que no pensaba alojarme, sino viajar para llegar a Dili, no le pareció bien. Primero me invitó a su casa y después ante mis dudas me convenció con el argumento de que era el cumpleaños de Rebeca y que tendrían una pequeña fiesta con sus amigos.

Y claro, llegábamos en sábado, por mucho que corriera llegaría en el mejor de los casos por la tarde, y posiblemente no haría nada productivo hasta el lunes. Y ellos eran estupendos, y llegaría cansado, y como decía Sam no dormiría muy bien en el barco, y bla bla bla…

Que sí, que me quedaba con ellos.

AMIGOS

Sobre las cuatro de la mañana llegamos a Kupang. Todavía era noche cerrada, Sam, Rebeca y Nioman (amigo de Sam de la infancia) venían de visitar Flores en dos pequeñas motos. A la salida del barco los seguí, salimos zumbando del puerto y nos dirigimos al mercado de pescado que a esas horas abría. Compraron dos pescados enormes en la oscuridad, los pescadores y clientes pensaban que seguían durmiendo cuando en la oscuridad medio veían el tamaño de mi moto.

Salimos de nuevo zumbando y en media hora llegamos a casa de Sam, con los primeros síntomas del amanecer. La casa tenía dos construcciones separadas y rodeadas a su vez  por un cuidado jardín, en una de ellas estaba el garaje, la cocina, y varias habitaciones para lo que en principio parecía el servicio. Luego una segunda construcción dividida a su vez en dos y separada por un patio terraza donde se desarrollaba la vida social de la casa, con una mesa de comedor y varias butacas con vistas a una inmensa llanura de plantaciones de arroz. Sin ningún tipo de valla que delimitara su parcela, en los casi veinte años que habían vivido en esa casa habían tenido un sólo robo, un ordenador de Sam que los vecinos mediante el boca a boca habían conseguido recuperar días después cuando el ladronzuelo intentaba venderlo.

CASA SAM

En la primera zona había un baño, el que yo usaría, dos habitaciones de donde salieron dos indonesias y la habitación de invitados donde yo dormiría.

En la segunda zona, al otro lado del patio terraza estaba la habitación de Sam, la de su hermana que vivía en América, y la de sus padres que al escucharnos se levantaron.

Karen y John me recibieron desde el principio con cariño, supongo que pensarían que si su hijo me había invitado sería por algo. Porque la verdad es que mi aspecto no daba mucho crédito, sería confianza ciega en Sam digo yo.

Entre unas cosas y otras ya no dormimos, pasé el día entre unos y otros, hablando y conociendo una gran y fantástica familia. La parte americana de John y Karen y la indonesia de la mujer que cuidó a Sam y su hermana de pequeños y que ya hacia años que había fallecido, pero sus descendientes vivían allí y eran parte de la familia. No eran habitaciones de servicio porque no había servicio, allí todos trabajaban igual.

A la tarde Sam preparó los pescados, los aderezó yo que sé cómo y los envolvió en varias hojas de Palma. Hicieron un agujero en el jardín, un pequeño fuego y a brasa lenta se fueron cocinando para estar listos a la hora de cenar.

Arroz, verduras y uno de los dos pescados, sentados en el suelo de la cocina, en círculo y escuchando en silencio bendecir la mesa a John en indonesio. Yo no soy creyente pero aproveché el momento para dar las gracias a la vida, por permitirme hacer este viaje, por hacérmelo tan fácil y por poner en mi camino gente tan generosa.

Cenamos en familia, Karen tradujo a indonesio casi simultáneamente mis batallitas de abuelo motero para que todos se enteraran de las cosas que me habían pasado, por supuesto y en especial del capítulo de Duddy y su generosidad. Para que se sintieran orgullosos de su país y de sus compatriotas.

i">i">Todos me hicieron sentir muy bien, Karen me preguntó si necesitaba algo para lo que me quedaba de viaje y del alma contesté que sí, buena comida y buena compañía, nada más.

Después de cenar subimos a una presa a ocho kilómetros. Allí celebrábamos el cumpleaños de Rebeca, en el lugar donde Sam y sus amigos solían beber y charlar.

Arak a palo seco, que es la bebida oficial de Indonesia y tan fuerte como el ron, el otro pescado, y unos diez amigos de sana charla. Sam tradujo toda la noche y de muy buena gana las múltiples preguntas curiosas que cruzaban de un lado a otro del círculo

.PRESA

A la mañana siguiente toda la familia me despidió calurosamente, a Sam y Rebeca los vería en unos días en Dili porque tenían que salir de Indonesia para renovar el visado.

FAMILIA SAM

Otro capítulo más de generosidad que demuestra que el mundo está lleno de gente buena. Y además de la suerte que tengo, que es cierto, también es que viajar solo y hacerlo en moto es un imán para que estas buenas gentes se acerquen, se interesen por el viaje e intenten hacértelo más fácil. Porque desde fuera siempre parece más complicado de lo que realmente es.

Sea por lo que sea, me siento muy afortunado y agradecido.

(Thanks Sam and family!!!!!)

Atravesé a buen ritmo lo que quedaba de Indonesia, ahora sí que despidiéndome definitivamente de un país en el que terminé estando 58 días, dos menos de lo que me permitía el visado y muchos más de los que pensé que estaría. Y muchos menos de los que realmente hubiera querido estar, Indonesia es un país gigante, lleno de cientos de islas por descubrir, con diferentes paisajes, culturas y gentes. Especialmente recomendable en moto o en bicicleta que te permiten salir de las rutas turísticas y dejarte llevar por las carreteras.

De nuevo salía de un país con la sensación de querer volver, esto de viajar es adictivo…

Y después de mucho tiempo volvía a cruzar una frontera con mi ostentosa moto, y ya se me había olvidado lo desagradable que podía llegar a ser.

Pero tanto esa frontera como East Timor se merecen un relato a parte, que cuando pueda subiré.

Gracias por acompañarme

Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo siguiente

17 Comments
  • Esteban
    Posted at 12:29h, 06 abril Responder

    Carlos, creo que después de tu viaje te vas a tener que cojer otro año para volver a visitar a toda esta gente que te has encontrado por el camino.

    Suerte en el resto.

    V’ss desde VFR

  • Daniel... Fuga para los amigos
    Posted at 12:32h, 06 abril Responder

    Espectacular relato… como siempre. Suerte en Australia.

  • Yol
    Posted at 14:28h, 06 abril Responder

    Hola peque!
    Despues de leerte, ayyssss.. se me queda el cuerpo con mucha paz.
    mmmmm…, me ha gustado mucho, mucho, jejeje
    Un besito enorme.

  • Joan Siddharta
    Posted at 18:01h, 06 abril Responder

    Vaya casa tan chula la de Sam!

  • Andhy
    Posted at 18:26h, 06 abril Responder

    hi brother

    how are you? I hope fine
    Just steps away are getting you from where I stand
    and move closer to your house,
    would you really miss your home
    congratulations buddy, you’re great ..
    warm hug from me, hopefully you will not forget me.
    God bless you.

  • Ezequiel
    Posted at 21:13h, 06 abril Responder

    Te lo dije: La gente, en general, es buena. Que todo siga así.
    Ezequiel.

  • Moisés
    Posted at 23:07h, 06 abril Responder

    Hola Charly.

    Otro magnifico relato……..Australia te espera.

    Un saludo.

  • CARLOSGS
    Posted at 09:51h, 07 abril Responder

    De nuevo me quedo con las ganas de conocer más historias tuyas. Que La suerte te siga acompañando.

  • Dani
    Posted at 14:29h, 07 abril Responder

    Carlos!!!!!

    Me alegro de que ya estes por Darwin preparado para el desierto del infierno!!!
    Se te echa de menos por aqui en Bali pero ya volveremos a vernos!! Eso seguro jejejejejejejejejeje.

    Un abrazo enorme amigo mio y animo!!!

    Dani

  • otro Miguelín
    Posted at 12:31h, 08 abril Responder

    Ánimo y suerte para el resto del viaje.
    Quizá no nos conozcamos nunca, pero para mi ya eres mi compañero de viaje (en este caso el tuyo).
    Lo dicho, suerte…….ah!! se me olvidaba, revisa el kit de transmisión (plato, cadena y piño) es muy importante, sobre todo para los calores que te esperan.

  • andres
    Posted at 13:55h, 08 abril Responder

    amortiguador nuevo o también cambiando la pieza?hola me alegro que todo te salga bien ,es verdad lo del imán viajando solo,tengo una duda ¿la averia se solucionó soldando la pieza y
    Que te acompañe la suerte , queda poco pero muy emocianante.

  • David
    Posted at 11:14h, 10 abril Responder

    Hola Charly!
    bienvenido a Australia! nos has hecho disfrutar mucho con tus aventuras,y ahora viene el maravilloso mundo de Oz… estamos deseando que cubras loskm que te quedan para que nos cuentes mas en persona.
    Un abrazo y sigue disfrutando!
    Te esperamos en Sydney

    David y Fa

  • Sonia (india)
    Posted at 13:52h, 14 abril Responder

    uauuu!! me acabo de poner al dia, increible!animos para seguir esa con esa flor!!jeje
    disfruta!me ha encantado la foto del lago entre montañas….buff!
    un abrazo enorme!!

    • Charly
      Posted at 10:23h, 26 abril Responder

      hola amiguita, tiempo sin saber de ti. La moto llegará a Barcelona dentro de unas cuantas semanas, así que espero nos veamos y te paso miles de fotos. Un besazo y nos vemos pronto

  • Lagu
    Posted at 23:59h, 14 abril Responder

    Como siempre otro relato encomiable, en donde nos haces partícipes de tus vivencias y nos llenas de sana envidia…

    Me da pena que tu viaje vaya llegando a su fin, porque echaré de menos estos momentos de evasión…

    un abrazo y que todo siga igual de bien

    • Charly
      Posted at 10:22h, 26 abril Responder

      gracias Lagu, se agradecen tus palabras. Yo también echaré de menos sentarme delante del ordenador para escribir mis aventurillas. Me temo que ir a la oficina no será tan novelesco.
      un abrazo

  • Último salto — El mundo en moto Sinewan
    Posted at 11:26h, 29 marzo Responder

    […] Vuelta al Mundo en Moto Sinewan. Capítulo anterior […]

Post A Comment